CORNADA DE LOBO
Del susto
UN PEDORREO metralleto como de propulsión a chorro es lo que son esos quads que penetran sin condón por bosques, montes y campos. No tienen coto estos motoretos de cuatro ruedas debajo y un tontín encima. No tienen piedad con la calma que la naturaleza ordena. No hay quien les pare... Ante una horda de estos invasores se fuga espantada una perdiz. Desde el domingo pasado tiene taquicardias que en adelante serán crónicas. Del susto, se le ha inhibido la ovulación. No tendrá su pollada este año. Es perdizona lozana con perdigones en la mirada, pero los machos se desconciertan viendo que rehúsa el paseíto y la formalización de relaciones, el obligado emparejamiento. No se lo pide el cuerpo porque se le ha metido muy dentro el espanto y esa estampida pedorrísima de una pandilla de jenízaros en quad ernados que trillaron los caminos y baldíos por donde ella apeona. Cansada de penetraciones motorizadas y de machos patirrojos con ganas de penetrar, se pegó nueve vuelos cortos y ocho peones largos hasta campear y querenciarse tres lomas más allá. Allí hay menos para picotear y es necesario escarbar o rebuscar en viejos escogolladeros. Pero como el sosiego también nutre (cuerpo descansado, dinero vale), no quema nervios y allí encontró paz estos días. Eso creía ella. Ayer, cruzando esta perdizona de uno a otro rastojo con linderos de «jara y final», no vio llegar zumbando por el camino un todoterrenal o tocarrera; y ni tiempo tuvo de orillarse al echarse el mastodonte encima. Sólo pudo regirse por el instinto mecánico de sus músculos electrizados y ensayó un salto instantáneo con aleteo de fuga. Fue lo peor que pudo hacer, lo fatal. Si se hubiera quedado quieta, ni siquiera agazapada como hace el chorlitejo o la agachadiza, le hubiera pasado por encima el cacharro veloz sin más daño que un infarto. Pero amagar ese salto fue su perdición; quedó ahorcada en una de las ranuras del protector del cárter. Y las plumas que revolaron en el impacto se las llevó el viento como un sudario hecho trizas. Descanse en paz... Ella y el respeto muerto. Ella y su casa, que ya no lo es, pues por allí entran los pedros como furias y propietarios. Descansen en paz ella y el silencio virgiliano de bucólicas ya imposibles... Un día las perdices y los pájaros serán de plástico.