Diario de León
Pedro García Trapiello

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QUEDÓ pendiente una teoría sobre el verbo arrimarse tal y como lo entendemos en cazurro cazurrón (un curioso arrimarse que de forma meridiana se dejó visto en los recientes congresos, asambleas o concejos concejiles de los leonesismos rampantes, tunantes o durmientes). Arrimarse, decíamos, significa lo que todo el mundo entiende y sabe: aproximarse, acercarse, juntarse... Menos en León. Primeramente, dicho en ruralidad, al verbo se le quita una erre y se le dulcifica esa rugosidad en la sílaba: arimarse, se dice por aquí con suavidad cantarina; y, por lo mismo, arímate, ¡arimarvos, cojona!... Con este expresarse se conoce a los miembros todos de la «Cofradía de Arimate-a», incontable peña de los que se apuntan, comparecen o se enredan atando la burra donde no necesariamente son convocados (repetimos: «A donde no te llaman, qué coños te quedrán»). Se arriman «a»... En política se da mucho. Sin embargo, el verdadero sentido del verbo lo encontramos los cazurros en un uso frecuente y que causa gran extrañeza. Es paradoja morrocotuda y desconcertante, pues se dice mucho por aquí -y lo hacemos sin percatarnos de la estafa verbal- eso de «arímate... pallá», o sea, aléjate, no te acerques... Por ahí iría el arrimamiento de los leonesistas antípodas, cada cual en su rincón, en sus tortas y capillas, en sus repartos... o en sus atropos (atropar es otro de esos verbos que sólo se entienden por estos valles lagrimeros y en las asturianías). Así que... «arímate pallá», manguán; ni me roces. Viva el león... en su camada o en su harén. La ambigüedad y el doble significado en el lenguaje es propia de pueblos escocidos o engañados («nacer en León es nacer ya con bastante perdido», dijo Andrés el domingo en «Esta es su tierra»; y resulta que es verdad). Y cuando un amigo te dice «pero qué cabrón eres» ocurre que, en realidad, te está echando un piropo o una admiración solapada en esa franqueza borde con la que se demuestran cazurramente los cariños. La caricia lisa y abierta nos cuesta un güevo. Por eso quiero pensar que aquí me quieren una burrada, pues tengo un cabronazo colgado del tímpano todo el día. A bien me lo tomo aunque por mal me venga. Entonces, en cordial contestación, es cuando yo digo «arímate pallá».

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