CRÉMER CONTRA CRÉMER
León, ciudad veraniega y monumental
TENÍA RAZÓN AQUEL ínclito y nunca bien ponderado compañero en las artes pacientes del periodismo de provincias, cuando anotaba para su itinerario humorístico lo de que León es una ciudad extraña, en la que en el verano hace calor y en el invierno sopla el fresco. Porque de entre todas las estaciones recomendadas para el veraneo de la familia, ninguna reúne medios, modos y maneras más idóneas, útiles y curativas. Las gentes de la jurisdicción, no sabemos todavía a qué clase de tendencia obedece así que llega la primavera y apaga los fuegos sagrados de la Semana Santa, con preso indultado frustrado, hace el hatillo, coge la manta y la hamaca y se va a veranear. A Gijón, a Santander, a Candanchú o a los Alpes. El caso dicen estos aventureros, es salir de León, evadir tus compromisos de cada día, dejar el trabajo para mejor ocasión y abandonar el catastrofismo del botellón. Y efectivamente, el jefe del clan, reúne a su banda y les apremia a que se apresten a la vida del perfecto turista con baño incluido. Luego de que se acomoda en el apartamento alquilado para este fin, la alegre y jacarandosa familia veraniega, se echa a la mar y a las arenas y se deja dorar por el padre sol, hasta que se contemplan al espejo con el color caribeño que persiguieron siempre. Para llevar a la práctica su plan, abandona al gato en el domicilio de una vecina anciana que se hace cargo de la llave, por si fuera necesario acudir con los bomberos puestos. Y ya en la playa, se despoja de los vestidos, dentro de lo que cabe, sin excederse en el desnudo se lanza a la mar Oceanía como un berdel. Y así un día y otro día, hasta treinta cuando menos. Hasta que agotados los fondos y habiendo recibido un aviso telefónico por el cual se le demandaba el regreso, abandonaba el chiringuito, cerraba las maletas, recogía el billete del tren y regresaban a León. Y comenzaban a veranear, a descansar, a sentirse liberado y feliz. Porque, dicho sea en honor a la verdad, para veranear y para pasarlo bien, dentro de lo que cabe, no hay pueblo como este nuestro, tan esquivo, tan indiferente, tan ausente de cualquier problema, tan ajeno a cualquier forma de crisis ministerial. Porque lo del veraneo, lo del descanso, lo de la monotonía de ver siempre a los mismos vecinos y al mismo café-bar y al mismo cobrador del recibo de la luz y al mismo vecino acatarrado, la porción de felicidad que nos es permitida, lo tenemos al alcance de la mano, en León, que es nuestra tierra y que tiene una Catedral como ninguna y un jardín con perros. León, es en verano la Ciudad más vivible, más permisiva, más aparatosa y sin sentido. Y como sus gentes (salvo error) son amables y generosas y de vez en cuando se celebran conciertos o algarabías en forma de concierto, se convierte en la Ciudad veraniega, monumental, sobre todo con ruinas como para montar otro Museo, más importante de la Historia de Roma, con sus termas, sus coliseos deteriorados y sus fábulas de legionarios de Galba y de demócratas bajo tierra. Contemplar el regreso del leonés que regresa de su veraneo en la costa es de una tristeza infinita.