Diario de León
Pedro García Trapiello

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ESOS ZAPATOS de puntera de punzón se clavan en los ojos si los miras. Y te descabellan con un tacón de aguja que asciende a su inquilina a una estantería o eleva su talla a una mentira. Esos zapatos quedaron relegados al secreto del fetiche, al tabú de la putorra finísima hasta que los diseñadores -que se ceban con descaro en la estética gagá de pelis y publis de hace décadas copiando todo lo que se mueve y rebozándose en su propio subconsciente delincuente- exageraron la puntera, le metieron colorín y elevaron su ático. Y ahí están, reinando en la calle y la fiesta en condición de plaga. Una maripuri saliendo de misa con esas armas en los pies causa sensación. Con estos zapatos ocurre como con muchas de las nuevas cocinas: cuanto menos tienen, más cuestan. Los hay que no llegan a sandalia aunque se aúpen en zanco, zapatitos escurridos de cuero o material, y te arrean por ellos cuatrocientos o quinientos dolores de dólar. Y si quisieras averiguar si tu mujer o tu ligue finge los orgasmos, ponle delante una foto a tamaño natural de unos «manolos» y, si al escuchar los supiros de deseo encuentras alguna diferencia, ponte en lo peor: en la cama finge, ante el escaparate no. De siempre y ahora más que nunca, la ropa funciona como plumaje intercambiable: hoy de faisán, mañana de tordo pinto. Hay mucha gente que la mitad de su andamiaje la tiene en el armario... y la otra mitad en una boca que también miente. Necesitan actuar, soñar papeles y gastarse una hijuela en los disfraces por si el casting de esta vida les elige para lo que no son. Nos vestimos para representar, no para ser. Y aunque con la torpeza de los malos actores, casi siempre nos acabamos creyendo los papeles, o sea, la ropa. Un tipo que ahorque con corbata su gañote estira las palabras, se las cree y se adorna poniendo el dedo entre cuello y pescuezo para doptar el tic de los ejecutivos. A una mujer la vistes de cóctel y la subes a un tacón de pértiga y, automáticamente, se le adelgaza la vocecita en el hablar poniéndose nerviosamente pija y, a la fuerza, tontina, distinta... hasta los gestos se le mecanizan o envaran. Las botas firulís, tan de moda, piden artículo. Con calorazo sudado se ven titis menudas que las llevan de color rosa... y minifalda brevísima que todo muestra. ¿En botas y en bragas?... ¡¿?!

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