Exige a los curas polacos que no se metan en política y dejen de hacer ostentación de riqueza
El Papa entona el «mea culpa» y pide perdón por los pecados del pasado
Ratzinger pisará Auschwitz, una visita simbólica porque el Pontífice alemán irá a un campo nazi

El Papa recorre en su «papamóvil» las calles de Varsovia
«¿Qué esperamos del Papa?», se preguntaba este el mayor diario polaco, la Gazeta Wyborcza , haciéndose eco de la situación de cierta desorientación en que vive el catolicismo en este país, y Benedicto XVI dio respuestas enseguida. Tras el primer discurso del aeropuerto, en el que repasó lo que serán sus cuatro días en Polonia, Ratzinger se dirigió al corazón de la Iglesia nacional, la catedral de San Juan, y mantuvo un encuentro con lo más granado del clero polaco. Aquello no fue un rapapolvo, porque habló con la calma de quien da consejos, pero fue directamente al grano de los asuntos más dolientes que cita cualquier analista: creciente implicación de los curas en política, dentro de una preocupante oleada de integrismo, especialmente a través de la polémica emisora Radio María; mal ejemplo de muchos sacerdotes en su vida pública, con cierta ostentación de riqueza; y sobre todo, aire inquisitorial en la búsqueda de chivatos y colaboradores del régimen soviético, incluso dentro de la propia Iglesia. El Papa tocó cada uno de estos temas de forma directa y con frases inequívocas. «Al sacerdote no se le pide que sea un experto en economía, construcción o política, sino que sea un experto en vida espiritual». «Vivir bajo el totalitarismo puede haber generado una tendencia inconsciente a esconderse bajo una máscara, cediendo a una forma de hipocresía». «Vivid una vida modesta, solidaria». En estas palabras, observadores polacos vieron una velada crítica a los sacerdotes, muchos de los cuales son criticados por los fieles de ser arrogantes y no tener en cuenta las necesidades que pasan. Pero el Papa dedicó la mayor parte de su intervención al debate más lacerante que se vive en este momento en Polonia y entre los católicos, el ajuste de cuentas con el pasado. Se trata además de un asunto que obsesionaba a Wojtyla, que en sus últimos años pidió perdón por casi todo en nombre de la Iglesia, incluida la condena a Galileo, y en el que Ratzinger discrepaba. Ayer aprovechó para explicar su visión de este dilema, una ligera corrección de rumbo: «Conviene guardarse de la pretensión de erguirse con arrogancia en jueces de las generaciones precedentes, que han vivido en otros tiempos y otras circunstancias. Es necesaria una humildad sincera para no negar los pecados del pasado y no caer en fáciles acusaciones en ausencia de pruebas reales o ignorando las diferentes circunstancias de la época». Toda una llamada a la calma y la reconciliación en pleno proceso de limpieza en los archivos de la Policía secreta, dirigido por el Instituto de la Memoria. Menos entusiasmo Por la tarde, el Papa cerró la jornada con un encuentro ecuménico con representantes ortodoxos, musulmanes y judíos. En sus desplazamientos por la ciudad fue aplaudido por la gente, alineada a lo largo de las calles, pero lo cierto es que el fervor que despedían era menor que en las nueve visitas de Juan Pablo II. Tampoco ha habido, de momento, grandes muchedumbres, pero es cierto que ayer era el primer día y mañana, con la misa en la plaza Pilsudski, comienzan los actos de masas. De todos modos, la vista está puesta en la visita del domingo a Auschwitz, acto principal del viaje. «Rezaremos allí para que las plagas del siglo pasado se curen bajo la medicación que el buen Dios nos indica, el perdón recíproco», dijo el Papa nada más llegar. Visitará el campo nazi «más como católico que como alemán». Un alemán en campo nazi Su presencia se considera de un gran simbolismo, ya que es alemán y fueron los nazis los que invadieron Polonia y levantaron ese complejo de la muerte, donde mataron sin piedad a más de un millón de judíos y más de 150.000 polacos. El viaje al campo de exterminio será un paso más para cerrar las heridas que dejó la ocupación nazi de Polonia en los dos países que, como resaltó el presidente Kaczynski, vivieron distanciados, a pesar de ser vecinos. Los dirigentes de la Iglesia polaca no han parado de subrayar que Benedicto XVI puede dar un espaldarazo a la reconciliación entre Polonia y Alemania, lejos de hacerse realidad 61 años después de la derrota nazi.