Diario de León
Publicado por
Antonio Núñez
León

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QUEDE DICHO de antemano que la única Guardia Civil que me cae antipática es la de tráfico, prevención ésta que según un sondeo realizado en el bar de la esquina compartinos más del ciento y pico por ciento de los españoles, sobretodo el viernes por la noche cuando nos miden lo que soplamos por el pitorro. Incluídos los que no tenemos carné de conducir. Nadie, ni siquiera tan benemérito instituto, es perfecto. Por lo demás eso tampoco plantea mayores problemas, porque es muy fácil distinguir a un guardia malo de un guardia bueno. Los primeros van siempre sobre dos ruedas, de uno en uno o de dos en dos, gastan gafas rainban de cristales oscuros y casco o gorra ladeada, dependiento de si te pillan en moto o en el nissanpatrol . Como denominador común tienen también otras cosas: todos usan bolígrafo y libreta, algunos con faltas de ortografía en las multas, que de todas formas van a misa, y andan sobrados de gasolina. Hay que ser muy burro para no esquivarlos, porque nada más que se les ve los coches que vienen de frente se vuelven locos a guiñar las luces, aunque sea un mediodía de agosto. Los guardias buenos, que son mayoría, también resultan fáciles de divisar desde lejos y se distinguen porque la mitad van a pie, como cuando García Lorca, y la otra mitad te atienden amablemente en la taberna desde que se quedaron sin gasolina en tiempos de Roldán. Todo lo que necesites: un vecino cascarrabias, un hijo que se te escapó a los peores ambientes, menos a la legión extranjera, el incendio del pajar, un robo, una inundación o el parto que se adelanta a treinta kilómetros del hospital por culpa de la luna llena. Estos son los mejores y suelen reconocerse igualmente, según el tabernero del pueblo, en que tienen la nariz saludable, pero el escalafón cerrado. Una noticia reconfortante asegura estos días que el Gobierno va a mandar a Cataluña más de cuatrocientos guardias civiles para proteger a los ciudadanos de allá de los robos a chalés después de que los hubiera echado Pujol para sustituirlos por una partida de la porra que llaman actualmente mossos d'esquadra , tan buenos mozos que ganan el doble que un guardia, pero no rinden ni la mitad o, por lo menos, no detienen a los que tenían que rendir. Se ve que las policías nacionalistas se adaptan mal a la globalización de la delincuencia. De desagradecidos está el mundo lleno, a pesar de lo cual la Guardia Civil se apresta a acudir en socorro de los payeses de campo a través y de los de urbanización. Y, naturalmente, les envían los guardias buenos, que serán bien recibidos aunque no chamullen el catalán y sólo sepan decir por lo andaluz o lo extremeño lo de «¡ Arto, quién vive!». Es suficiente para las mafias búlgaras, rumanas o yugoslavas, que, si bien hablan idiomas lejanos, captan por señas rápidamente lo de «manos arriba». Dice ahora La Vanguardia que cuando replegaron a la Benemérita de Cataluña fue un error, porque, en realidad, sólo quería que se fuera un 20% de los catalanes. Coño, pues había que ver las voces que daban unos pocos y qué callado se lo tenían los otros. Será un placer asistir a la reapertura de los viejos, honestos y leales cuartelillos de la Guardia Civil en la jurisdicción de Carod-Rovira, un sujeto descastado y no precisamente por independentista: a mayores de haber hacido en Zaragoza, su padre también era guardia civil. O sea y mal que le pese es «hijo del Cuerpo». Por aquí desgraciadamente hay poco que robar, así que es dudoso que las bandas de los países del Este deriven hacia estos andurriales. Si acaso a Valencia, cuya autonomía ha pedido también más picoletos , curándose en salud. O al próspero País Vasco, donde están encantados con la independencia de Montenegro y de donde seguro que procede más de una mafia. Pero no caerá esa breva. «Vamos a quedar desprotegidos si trasladan a estos dos para allá», dijo ayer muy serio el tabernero de mi pueblo mirando de reojo a la pareja de la Guardia Civil, que alicaída hacía retén frente a dos cafés con leche, por supuesto de balde. «Y, además, sin amigos», sentenció un parroquiano que no les tiene miedo a los rusos, aunque le zurraran de lo lindo cuando la División Azul. De modo que el vecindario ha hecho una derrama para comprarles una pancarta de recuerdo muy grande que pone «Todo por la Patria» y la cuelguen en los mismos bigotes de Maragall. «¿Tú crees que es lo bastante grande»», inquirió otro después de tomarle las medidas, que no cabían en la era. «Para que nos reexpidan a estos dos, sobra», terció el más optimista. En el pueblo hay mucho sentimental. Le digo a usted, mi sargento, que yo mandaba a los de tráfico.

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