Diario de León
Pedro García Trapiello

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Y ESPAÑA se trasvistió en un velorio multirradiado y comunal... con lo que nos gusta, con lo que añoramos la sentada antigua ante el féretro haciendo croquetas de lágrimas, exaltaciones y chismes. La Jurado tuvo más horas de televisión, muchísimas más, que la larga agonía en olor de santidad y muerte en loor de multitudes de Karol Wojtyla. Más que un papa, la Jurado fue papisa como aquella Juana de verdad. Sólo faltó una basílica con gloria de Bernini y la guardia suiza. Porque banderas y vírgenes hubo hasta sobrar; cortejos y cámaras, hasta el agobio; duelo sincero y teatro de postín, hasta la confusión de papeles; y repetición de lo mismo, hasta igualarse con cualquier entierro. Pero este ha sido con carroza de siete tiros de caballos, guardia municipal en moto y políticos chupando cámara y cirio o cambiando un lagrimón por un puñado de votos. España sólo se emociona y subleva sus sentimientos cuando entierra a los suyos. Un entierro es el acto social supremo para consagrar el distinto rango de cada cual. Es mentira que la muerte iguale a los hombres (y a las mujeres o cantantas); bien al contrario, acentúa o exagera las diferencias. A los entierros suelen acudir todos: incluso los enemigos, que a veces son los primeros en personarse (para «verificar»). España es siempre un entierro. Y si algún día no hay esquelas, reabrimos fosas, que también nos gusta. Sorprendió el seguimiento desproporcionado de esta muerte en telediarios y obituarios de couché. ¿Por? Júzguense audiencias. Interesan mucho los duelos. Y lo indecible el de «la más grande» (¿comparada con quién?) con todo su teatro tragicómico, familiar y mediático que decora este escenario. Este velorio que tendrá octava ha sido ameno, suspirado y chismorreadísimo. ¿Y el debate de la nación?... ¡Ánde vausté a compará!... Aunque Rajoy es igual de estirado y «viudo consorte» que un ortegacano, Zapatero no es chipionero, ni mucho menos. El marujeo cambió de canal y la paisanada giró el hocico a la partida de esos tutes cabrones que mandan en la sobremesa española. A mujeres-loro y marujos los velorios y susurros de funeral les narcotizan; son el gran acopio de sus retransmisiones. Hartón de ello trajo esta muerte. Y además, con cáncer, lo que todos tenemos cerca. No hay cosa más trágica y popular. Ni más condolida.

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