Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

¡El foot-ball, madre: el foot-ball!

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ES EL SIGNO de nuestro tiempo, la señal que éste deja en nuestros sentimientos más hondos y constantes. Hay días en que parece como si los dioses influyeran poderosamente para hacer de estos, señal importante de nuestra biografía y de nuestro destino. El día 27 de mayo del año 2006, fue sin duda aquel en el cual los dioses habían dispuesto su figuración sobre las pantallas del mundo con líneas y colores de brillantez inusitada. Todo parecía haberse convocado para que durante su presencia se produjeran los hechos más importantes: Se había recibido al señor presidente del Gobierno, el leonés de corazón y de costumbre don José Luis Rodríguez Zapatero y en el mismo acto, aprovechando la oportunidad, se había decidido la entrega de la titulación honrosa de Leonés del Año, directamente entregada en mano por el señor presidente, al poeta también leonés, de La Bañeza, Excelentísimo señor Don Antonio Colinas, sin duda el poeta más sensible, más delicado y más entrañado de la extensa y rica nómina leonesa. Quizá enturbiaran estas señales principales de nuestro dietario el hecho de que en algún lugar del mundo, en Java, por ejemplo, que fuera, en tiempos de aventuras y descubrimientos, joya de la corona de España, con Borneo y Filipinas, la naturaleza, en uno de sus levantiscos tumultos internos, había provocado un terremoto con millares de víctimas a consecuencia de ello. Pero ¿qué intentaban todas las desgracias producidos en tiempos de tan apretada ansiedad como la del anuncio del primer ensayo «con todo» , como se suele indicar cuando el estreno de obras de teatro se trata, daban comienzo los embites deportivos del pelotón mundial? Era sábado y en ese día feliz de la programación laboral del ser humano, los veintitrés seleccionados entre los mejores patadistas de España, se reunían en Albacete, un lugar excelso de La Mancha, de cuyo nombre sí que debemos acordarnos, para un enfrentamiento de prueba con la formación rusa. Desde todos los ángulos de la construcción hispana, se produjeron los mismos o parecidos clamores: «¡España! ¡España! ¡España!» como si de pronto y por la fuerza milagrosa de los dioses se hubieran borrado de las anotaciones históricas todas las referencias históricas, políticas o culturales de la comunidad. Era inútil que se intentara atraer la atención de los españoles de ley y hasta de los ilegales hacia cuestiones verdaderamente trascendentes, como pudieran ser la inestabilidad de nuestro sistema de protección contra los maleantes de todos los colores; o los apremios angustiosos de la Hacienda en su tiempo de recogida de impuestos; o el miedo rayano ya en la locura de los timócratas y falsificadores o pendientes del acceso de «las gentes del Este» todas dispuestas a ejercer la profesión del mal ladrón a costa de nuestra ingenua generosidad. Todas estas eran o parecían contingencias baladíes, porque lo verdaderamente importante, lo que nos tenía en vilo, a lo que estábamos prendidos era el anunciado festival del pelotón a nivel internacional. ¿Qué podía ser de nosotros si perdíamos contra Ucrania o contra Túnez? Es delirante pensarlo.

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