Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ERA, SI se quería, un pueblón. Grande, con arboleda y río, de calles apretadas y silenciosas y en el rincón más santo del lugar, el templo dedicado a Santa Remedios, patrona de sus muchos quebrantos. Las gentes tenían fama de dóciles, de serenas y de disciplinadas y nunca sucedió ningún hecho que transcendiera a la Capital y diera ocasión para que los periódicos cubrieran la Sección de información con el nombre de región a la que los más avispados personajes que por su ruta pasaron, le prestaran mayor atención. Decía el maestro, que por allí pasaron romanos y cartagineses y que algún rasgo de los habitantes conservaba el tono y el acento psicológico de aquellos ilustres soldados fundadores. Era un pueblo como dejado de la mano de los hombres y encomendado a la de Dios, con una hermosa iglesia barroca, hospedaje de un Cristo yacente que conmovía las almas. Era un pueblo como tantos otros de la Península Ibérica, callado, profundo, pasivo e indolente, al cual los políticos apenas si le prestaban atención cuando se producía el tiempo de las elecciones. ¡Pero tenía una Biblioteca, su Biblioteca, que nadie sabía de donde le venía a un pueblo de tan escasa lectura y de tantísima pereza mental! La biblioteca cubrió un tiempo histórico con su generosa sombra y cuando daba la casualidad de que acudía alguna reunión profesional de médicos o de misionantes, la Biblioteca era como su justificación. La verdad era que aquel recinto de la cultura no tenía historia propiamente dicha: Resultó que cuando el médico murió, los herederos de su legado bibliófilo, no sabiendo qué hacer con tantísimo libro, lo cedieron al Ayuntamiento para que éste montara una Biblioteca como las de Madrid y el pueblo tuviera ocasión de sentirse importante. Porque en toda la provincia no existía otro lugar con Biblioteca.

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