Carros de fotos
UN TROZO del alma pueden chuparte las fotos cuando te atrapan en ellas; por eso los indios y las gentes pegadas a la tierra y a sus mitos se negaban a dejarse retratar por el reportero o el turista; aunque, desde que se inventaron los hospitales, ¿quién dijo miedo?... y, entonces, cobran por posar. En apenas cincuenta años, la imagen impresa o positivada -que empezó siendo rareza y cosa de maravillar escondida con los papelotes importantes y paños de guardar-, se ha convertido en catarata que abruma y ya casi ni las registra ese secretario archivero que todos tenemos pegado a la pared de atrás del cerebro, con lo que una imagen ya no vale mucho y tampoco se tiene la seguridad de su certeza desde que se inventó el tratamiento digital y el fotostión. Las fotos redundan. Antes, cuando todas las fotos que tenía el pobre cabían en un monedero, muchos no tenían ni siquiera un álbum y al efecto se habilitaba una caja de zapatos o una más coqueta de mercería (o en lata de galletas con sus puntitos de óxido). Lo más probable era una montonera en algún cajón de cómoda o de armario. Otros, con un solo álbum se sobraban para toda la crónica familiar en instantáneas, cuatro fotos viejas de la parentela cercana y difunta, unas cuantas más de bodas, el hijo en la mili, primeras comuniones y alguna francachela familiar en la que todos salían con la boca abierta o llena y en escorzos que siempre acaban avergonzándonos. Las fotos de casa, más que para verlas y recrearse en lágrimas muchas y gozos los justos, se inventaron para enseñarlas. Las visitas lo saben y muchos lo temen, porque hay quien se ordena y tiene una pila de álbumes constituídos temáticamente en amenaza; y no sólo, porque esta gente suele tener además tres cajones de videos, «mira, vamos a ver este, que es el del viaje a Eurodisney». Y allí mueres. Pero ahora está la plaga de tocristo con cámara digital y tiruliru móvil con disparador para inmortalizarte a traición o en bragas. ¿Y qué hace la gente con esas carradas de fotos, remesas de cien en cien? ¿También las enseñan?... Y si los indios tuvieran razón, ¿cuánta alma de verdad nos va quedando después de tantos tiros y flashes?... ¿Y eso de que la imagen vale más que mil palabras?... A estas alturas deberíamos saber latín; y es mentira.