CRÉMER CONTRA CRÉMER
Carné por puntos
SI UN SER corriente y moliente como el que suscribe, no es capaz de entender la confusión de los sonidos del viento ni el motivo por el cual el sol sale todos los días por Oriente -¡Detente, oh sol,/ y tú, luna, no pases del valle de Absalón!- pues quería decir y digo, y perdón por el largo paréntesis, que si el hombre más o menos racional y democrático no es capaz de entender, y naturalmente de traducir, los eventos que suceden en la rúa, ya me dirán qué es lo que puede suceder cuando éstos, los eventos, los problemas, los sucesos se acumulan de forma tan precipitada que no conceden ni tiempo para la reflexión. Y esto es lo que le sucedió al que suscribe un día domingo, 2 del mes de julio de este año del demonio, según la denominación china, con el sol en caída libre y la inflación imparable. Y es que hacia el mediodía de dicha fecha, se produjeron fenómenos sucesivos o acumulados que desconciertan al más y mejor preparado de los seres humanos. Por ejemplo, todavía no habíamos dejado evaporar el llanto por la pérdida de la Mundiá, cuando se nos propició el habilidoso regateo del llamado, nadie sabe por qué, Sabio de Hortaleza, que allí donde y cuando dijera que había de dimitir si perdía lo que estaba escrito que perdería, dimitiría. Y no dimitió Luis Aragonés, sino todo lo contrario. Pasado el susto y secadas las lágrimas, se nos anuncia la imposición del carné por puntos, para erradicar los muertos de carretera y volante. Y el primer día de la prueba, de la entrada en vigor de la nueva normativa, mueren sobre el asfalto 23 perversos conductores, perdiendo tantos puntos como la Juliana cuando se echó a la vada. Y en plena exasperación comprobando que cuando al océano se le hinchan los humores no valen oraciones, en Valencia, dispuesta a recibir al Padre Santo Benedictino XVI, se ve rota de dolor por un accidente del metro entre cuyos destrozos podían rescatarse más de cuarenta muertos. Temblaron los cimientos de la bella ciudad y desde la India de Indira Ghandi, a donde se había trasladado nuestro ínclito e incansable presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en busca de negocios para municipios como los dorados de Marbella, envió una sentida misiva en la que venía a decir: «De un país de paz, para un país para la paz». Por lo que el buen pueblo, mal preparado para aceptar las normas de la Educación oficial, se sintió perdido. Caía sobre el país de María Santísima, que venía a ser España, el calor más canalla que había soportado desde lo del desplome del mundo con la muerte de los dinosaurios, y las muchedumbres despavoridas se echaron al camino en pos de un tiempo para el sosiego y también para la esperanza. Tan sólo esperábamos, ya en el límite de la resistencia humana, que el Real Madrid solucionara la crisis, no su crisis, porque las crisis del Madrid como las de la Cultural son crisis estatales que incumben a todos, del nombramiento, posterior a la elección de sus asociados, de su presidente. Presidente del Real Madrid, por cuyo cargo se pegaban los hombres más sobresalientes de España, porque se repetía, que el equipo madridista es más, mucho más que un club, es un mundo, dispuesto a dejarse gobernar por las buenas o por las malas para lo malo y para lo peor. Tiempo como el que vivimos en este país nuestro de cada día y de cada pesadilla no es conocido en el resto del mundo.