CORNADA DE LOBO
Déjalo estar
HACE días, una observadora y conocedora paseante de la contorna del Torío me certificaba los numerosos sitios y pliegues de esos montes pandos donde muchas gentes fueron paseadas por pelotón de falangistas de correaje o tipos raros con chapa y saña, gentes ejecutadas en la vileza procesal de la noche y aún malenterrado su crimen. Me habla de varios sitios, Fontanos entre ellos. Los fusilados no sólo eran de esta ribera, sino hijos de otras venganzas y ajustes o de las sacas furtivas de las cárceles de la capital saturadas cada día con nuevas cordadas de presos... sin pruebas, sin papeles, sin juicio... terrible herida que no restaña. Comentaba la vergüenza infamante y el delito imperdonable de no poder esas gentes dormir su eternidad en la paz honrada de un cementerio, la mínima dignidad de tener un nombre, una lápida que selle el desasosiego de sus restos, el mínimo gesto que les devuelva la posibilidad de poder ser alguien y no sólo abono de alimaña que pudre el campo. Y relataba de qué modo un labrador de esta ribera había vomitado vergüenza propia y penas ajenas al clavar la reja de su arado y aflorar huesos como patatas en la linde entre unas centenales y el viejo barbecho. Muchas veces no había tiempo de que los condenados cavaran su propia fosa y se elegía una barranquera o cárcaba que permitía resolver el trance echando encima tierra sola... y olvido... silencios, esa omertá siciliana de amenazas y represalias... ¿Olvido?... De estas cosas no se olvida nadie, pero mi comunicante se quejaba de que los propios deudos de los malenterrados, su propia familia, muchas veces no querían los desenterramientos que ahora se hacen en este país de países y de viejos zanjones-sepultura que antes fueron trincheras... Hay gentes que quieren dejar estar la sangre de su apellido fosilizada en la cuneta, desean borrar porque quizás arrinconaron su tragedia en el fondo de cerebro donde tenemos las letrinas y trasteros del recuerdo. Decía uno que no todos los muertos de una guerra se ganaron honra o paz. Ese familiar mío, me dijo un pariente de fusilado, había delatado antes a su propio hermano, al que mataron. Fue un traidor. ¿Desenterrarlo, entonces?... Déjalo estar... y que el tiempo lo pudra todo. Lo que la familia enterró, que no lo desentierre un invitado.