CORNADA DE LOBO
El once
AL TRECE en viernes lo toman los anglosajones como nefastus-day, pero ahora el once llega también con mal fario, como onomástica del terror que vuela. Sobran tripulantes de la muerte entre la musulmanía recocida con consignas y dogmas. Inglaterra demudó su color, pálido de suyo, y se quedó en blanco... sobre negro presagio. El terrorismo viene de lejos... y va para largo engordando a lo bestia en profusión y tamaño. El terror, más que nada, se obliga a buscar su propio récord, superarse en caos. El evangelio profetizó: «A los pobres les tendréis siempre con vosotros». Vaya. Pero ¿qué es más antiguo: el terror o la pobreza, la muerte o la chulería?... El uso del terror es bien viejo. Desde que éramos solamente una célula con ganas de llegar a ser un día un alga marina o un hongo genital, el éxito en la supervivencia de todo lo que se mueve estribó en infundir terror: a nuestros depredadores, para disuadirles, y a nuestras víctimas, para zamparlas con la adrenalina ya segregada... o sabe a rayos el bocado. Gracias a sentir terror y a sembrarlo se aprende y se evoluciona. ¿Quién diseñó la vida con estas normas terroríficas?... Del terror se saca beneficio. Con el terror se consigue lo que con el poder individual no se alcanza. En principio, aterrar es decir «más vale asustar que entrar en mamporros»; por eso la naturaleza dota a ciertas especies de actitudes, adornos o colores terroríficos. La cara terrible es la primera que aprende cualquier criatura. Nuestros bebés nacen con ella. Y así que pasan sólo dos días, la criatura ya sabe en qué momentos ha de utilizarla para conseguir fines. En la misma cara donde nos pinta gestos el amor cabe también el terror, de modo que desde que nacemos mamamos terror y lo ensayamos. Muchos lo hacen vicio; y algunos, oficio, tarados aterradores. Si se coge un mirlo por la cola -tieso timón largo con que abanican sus saltitos- el pájaro provoca un desprendimiento de esas duras plumas sin que tiren de ellas con violencia; fácil las suelta, mecanismo biológico denominado «muda de terror». Pierde la cola, pero salva lo que queda. Todos tenemos una cara terrible y la usamos. Los israelíes tienen además la de un Yahvé cabreado. Enfrente, Alá pone fauces y las muestra. Casi todos los dioses se inventaron para infundir terror.