LITURGIA DOMINICAL
Cuando la sabiduría es una persona
«Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado». Estas palabras podrían ponerse en la boca de una persona importante que ha preparado manjares especiales para sus invitados. Pero, el libro de los Proverbios las pone en boca de la Sabiduría (Prov 9,1-6). En la primera lectura de este domingo se lee la primera parte de un poema que contrapone la sensatez a la necedad. La sensatez es diligente y activa: edifica, labra, prepara el banquete, mezcla el vino, dispone la mesa, despacha criados y anuncia un mensaje. ¡Siete acciones, que es el número de la plenitud y la perfección! La Sabiduría se presenta como una persona activa y dinámica, festiva y enriquecedora. Al contrario de la necedad, que es pasiva y engañadora. Es interesante saber que la Sabiduría prepara un banquete para los que se dejan invitar y aceptan su invitación. Quienes acuden al banquete de la Sabiduría logran encontrar la paz y la alegría, consiguen realizar su vida y recorrer con fortuna su camino. Vivir por él S abemos que los evangelios han atribuido muchas veces a Jesús los rasgos que se atribuían previamente a la Sabiduría. También ocurre algo de esto en el relato de Juan que hoy se proclama (Jn 6, 51-59), como continuación de los domingos anteriores. Después de la multiplicación de los panes, Jesús pronuncia un discurso en la sinagoga de Cafarnaúm. Allí se presentaba a sí mismo como el pan bajado del cielo. Aquello podía entenderse como referido a su doctrina. Pero el texto añade más realismo. Ahora Jesús ofrece su carne y su sangre como verdadera comida y verdadera bebida. «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». La Sabiduría preparaba un banquete para todos sus invitados. Jesús va más allá. Se ofrece a sí mismo como el alimento central de ese banquete que ofrece a los que le siguen. Como recompensa o consecuencia del banquete que ella preparaba, la Sabiduría prometía nada menos que la vida: «dejad la inexperiencia y viviréis». Jesús promete también la vida -¡pero una vida sin término!- a quien lo acepta como su comida y su bebida. Habitar en él Hay todavía otra sorpresa en las declaraciones de Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en el». ¿Qué puede sugerir esa frase tan atrevida? ¿ Aun estando cerca y apretujados, los seres humanos vivimos demasiado lejos los unos de los otros. La vecindad es puramente casual y hasta forzada. Nos ignoramos muchas veces. Nos tememos. Sólo en raras ocasiones, la vecindad local se convierte en cercanía afectiva. En sintonía de amor y de sentimientos. ¿ Con todo, en el mejor de los casos, no podemos vivir los unos en los otros. No lo deseamos ni por asomo. Sólo en el amor maternal y esponsal se atisba, aun parcialmente, esta posibilidad. Pero Jesús se atreve a proponerla como ideal de vida. La asimilación mutua entre el que come y la comida refleja la intimidad que nos propone . - Señor Jesús, que nos ofreces tu carne como comida y tu sangre como bebida, te damos gracias por habernos invitado a identificarnos contigo al asumir tu vida como nuestra. Amén.