CORNADA DE LOBO
Somos perros
LAS HACIENDAS históricas y señoriales de la extremaduras confiaron siempre en los serranos leoneses -así nos llaman a los de aquí los «salamancos», no montañeses- para entregarles la confianza del cargo de más rango entre pastores, el de mayoral, jefe de andadura, de campeos y estancias. Y le preguntaba en cierta ocasión a José Álvarez Pozal -que es raza pura de mayoral con cuna en la Babia de Torre- el por qué de esta confianza que el hacendado pacense o trujillano otorga al hombre de lejos y no al lugareño, al de casa o la famalia. José es mayoral del conde de la Oliva y llega cada verano con sus hatos (dos mil cabezas cada uno) a las vegas altas y puertos de Maraña, pasto riañés donde clarea el pulso entre el hayedo de umbría y el robledad rapuchado de la solanera. Heredó cargo y rango de su tío. Conoce... como pocos. ¿Y por qué eligen leoneses para mayoral?... Pues porque somos muy buenos perros, me dijo. Caramba. Perros. Vaya. No parece el mejor piropo que te digan perro, pero aquí no le cabe a Pozal mayor orgullo. Perro, perrazo, guardián, ladrido de lealtad, alto al lobo... y mordisco al ladrón, paz para las borregas, grasa y manto para el rebaño... Perros. Lo somos. Pero no todos mastines. De entre los perros, un mayoral es mastín, mastinazo, pureza genética que no es hija de ordenanzas ni de reales sociedades caninas de «a chupar del bote», sino de esmeradas selecciones y cruces que durante siglos han hecho pastores y ganaderos (por la cuenta que les traía). Pero hubo que esperar algunos siglos para que el domingo, al fin, levantaran una honra en bronce a este moloso que nos llegó de orientes cercanos con las legiones y los rebaños romanos para darnos estopa, mordisco... y ensayar una paz en la majada. En La Vega de Robledo, la espalda de Caldas, le han puesto al mastín un pedestal y una bella estampa esculpida por Maria Isabel Pérez (autora del monumento al pastor erigido el años pasado en el pueblo vecino) y allí inicia su eternidad este perrazo con una mirada metálica que cuida el pueblo. Fue modelo uno de los mastines campeones de Agustín Fernández, hijo de esta montaña que apellida Luna y criador al que precede la fama mastinera hasta las Europas que ahora descubren a este perro de historia gigante. La de Luna es buena cuna. De gentes y perros.