Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Los médicos también se jubilan

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VICTORIANO CRÉMER
León

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LEÓN HA SIDO, desde tiempos de los moriscos, tierra de excelentísimos médicos, capaces de mantener el prestigio de la clase en el nivel más alto de las nóminas peninsulares. De ahí nos viene a los supervivientes de sus cuidados la devoción que les profesamos. Queremos que los médicos, dicho sea en honor a la verdad, porque queremos vivir. Los leoneses procedemos de una especie humana resistente y luchamos enconadamente para no cejar en nuestro empeño de seguir en la pelea. Cuando se repasa la relación de médicos de que consta la Historia de la Medicina local y provincial, nos sentimos verdaderamente orgullosos de su protección. Y aún cuando se diga, no sin retorcimientos calificadores, que el médico que sólo sabe medicina, no sabe nada, (que es frase que se atribuya al Doctor Marañón) nuestro entusiasmo y nuestra esperanza en los médicos de casa y en los de la S.S. es sólida. De ahí que cuando se nos anuncia que el médico que nos ha sido atribuido para atendernos en nuestros muchos males ha sido designado por la Ley entre los jubilados, nos hemos sentido tan desamparados como si se nos hubiera anunciado la desaparición de un familiar con el que nos llevemos bien y al cual debíamos la mala salud de hierro que todavía sostenemos contra vientos, fríos y mareas. Don Víctor Martín Pérez, que tal es el nombre del sanador que nos corresponde según la cartilla de enfermo consuetudinario, nos comunica, no sin cierto temblor emocional en la voz, que le ha tocado jubilarse (como cuando se anunciaba que nos había correspondido enrolarme de soldado para la Filipinas). Y la noticia ya digo, me ha dejado como si me hubieran vaciado por dentro y algún modo importante de ser me fallara. Porque pensaba que un enfermo -y la sociedad en la que vivimos es en puridad una sociedad enferma- pierde sus fundamentos existenciales como quedarse en un pobre animal acosado que ha perdido a su vez su protección. Este médico mío, Don Víctor, llegó de Cataluña, precisamente cuando el que me cuidaba, de nombre Eugenio y de inscripción militar, también se acogía a la fórmula del relevo por jubilación forzosa. A estos dos últimos sanadores debo que me sea posible, al cabo de casi un centenar de años sobre el alma reconocer sus buenos oficios para el tratamiento de mis achaques. Pero no dejo de pensar en que esta medida es impropia del espíritu de la clase médica, cuya misión es cuidar, mediante el uso de sus saberes, de la humanidad debilitada por sus muchos pecados contra natura. En aquellos tiempos iniciales de mi estancia en el mundo se suponía y con bastante fundamento, que existían en la nómina laboral, tres profesiones cuando menos, que no se jubilaban nunca, para bien de la sociedad y prestigio de la abnegación de la clase: el médico, el cura y el poeta de la localidad. Eran tiempos en los cuales, de una manera muy peculiar, la sociedad efectivamente se mantenía por los soportes éticos que se desprendían de aquellos tres pilares de la arquitectura social. Hoy registramos la jubilación de uno de estos funcionarios beneméritos, D. Víctor Martín Pérez y nos hemos quedado muy tristes.

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