El paisanaje
Listos/as
LOS PARTIDOS exploran estos días en encuestas internas quiénes puedan ser los mejores candidatos para ganar las elecciones de mayo. Y, como el torero castizo, a la pregunta de «señale usted por orden de preferencia los tres que le gustan más», todos responden al unísono: «primero, yo; después de yo, naide ; y, después de naide , el siguiente». Es un método tan científico de hacer las candidaturas como otro cualquiera. Otra cosa es que funcione. Las actuales cuitas de los aspirantes a la alcaldía de León, señores Amilivia (PP) y Fernández (PSOE) para colocarse de numéros uno en sus respectivos partidos seguramente responden al margen de error inherente a este tipo de muestreos de opinión de la opinión pública, valga la redundancia, en los que no es posible preguntar a todos los votantes. Si no, sobrarían las elecciones. Siempre queda alguien sin encuestar y a mí, por lo menos, nadie me preguntó en los últimos veinticinco años. Desde que uno tiene uso de razón y todavía en vida de Franco siempre oyó prometer a los políticos listas abiertas para las siguientes elecciones. Esta promesa la arrastraron después Suárez, Felipe González, Aznar y, ahora, Zapatero. ¿Tanto costaría poner una equis junto al nombre de Fulano, que va de tres en el PSOE, o de Mengano, que ocupa el número cuatro, pongamos por caso, en el PP, para que salgan los dos y sin votar a una sola lista de corrido, en la que seguro que los primeros son los más imbéciles o, como mínimo, unos mandaos de Madrid, de la Junta o de quien sea?. Yo nunca se lo oí, pero en la familia se dice que, ya cuando la República, mi abuela Catalina pensaba lo mismo de los políticos de la época. Así que, cuando me dicen que me parezco a ella en la nariz y en la mala leche, lo tomo como un cumplido y me limito a responder, encogiéndome de hombros, que la cabra tira al monte. Como nadie me ha encuestado sobre mis querencias entre Amilivia y Fernández, me encuesto yo mismo sin margen de error posible. Primera pregunta. «¿A cuál de los dos prefiere para la cosa pública?». Respuesta, «a Rómulo y Remo, con tal de que no se maten, como los que mamaron la leche de la loba». Segunda «¿Cual de los dos tiene mejor imagen?». Respuesta, «a ambos les falla el peluquero, bien sea por exceso o por defecto». Y, tercera, «¿A quién votaría por exclusión de méritos del otro o, si lo prefiere, señale usted al menos malo?». Esto último lo contestó rápidamente mi mujer, que está siempre al loro, y apuntó: «a mi marido, que vale poco y vaya usted a saber para qué, pero lo que es esos dos ni le empatan». De esta guisa andan las listas de la precampaña electoral, con alcaldes que no saben si van a repetir, ni siquiera los más veteranos que repiten desde el bachillerato de la Logse, y aspirantes que están haciendo oposiciones, o suposiciones, a la alcaldía. El espectáculo de aquí a un par de meses está garantizado, como en Operación triunfo , de modo que con listas abiertas podría barrer David Bustamente. Y sería igualmente de bien recibido en León por los de Agelco, al pie de la escalerilla de Lagun Air, con un «menos da una piedra». Con todo, los que lo tienen más crudo son los llamados partidos-bisagra, como el PAL, la UPL o IU, que siendo cuatro y el cabo, al final deciden la alcaldía cuando no hay mayorías absolutas. Invertir el voto en ellos es como hacerlo en Gescartera o en filatelia: al principio los réditos son impresionantes, aunque luego valen menos que el giro de un cartero con retraso. Se repiten otra vez, en fin, las escenas de cada cuatrienio con la consigna de quítate tú para ponerme yo el primero, por si acaso. Y el puesto en las listas no es baladí, porque a todos les va la vida en ello, incluidos los segundones. Y quien dice la vida dice el cocido. Tenemos una clase política profesional que empieza de pinche, sigue de concejal de urbanismo y a menudo culmina la carrera de ministro de la Vivienda sin haber acabado la FP ni saber cómo se pone un ladrillo, aunque sí primeras piedras. Y, si no, sopese cada uno al concejal de barrio más próximo. ¿Lo contrataría de abogado para pleitear con un gitano, dejaría que le operara de las anginas, si es médico, o que le pusiera la vacuna contra la gripe por muy senador que sea, como cierto ATS socialista que yo me sé, cuyo nombre no viene al caso, pero que no pone una inyección desde que Felipe González tuvo paperas? Ayer se montó otra barrila en el Bierzo con la dimisión del secretario del PSOE en Ponferrada, un tal Wenceslao, porque los suyos no le dejaban nombrar a dedo al candidato Manuel Rey para la alcaldía. ¿Bueno, y qué? Pues si en casa o en la empresa privada no los contratamos, no veo yo por qué tenga que pagarles el Ayuntamiento.