LA GAVETA
Unos extranjeros
HACE MUCHOS AÑOS en Ponferrada había, sobre todo, dos caminos para alcanzar el prestigio social. Uno consistía en ser ingeniero. El otro, más discutible, en ser extranjero. Recuerdo que en aquella ciudad de polvo de carbón los ingenieros iban siempre muy limpios. Con sus cueros vueltos, sus zapatones amarillos, sus rizos de Madrid, sus coches grandes y fiables, antepasados de esos avasalladores «4 x 4» que van por la calle o la carretera celebrando el éxito profesional de su dueño apresurado. ¡Triunfar en la vida...! Los otros importantes, digo, eran los extranjeros. Y aquí los había ricos, pero también pobres, y la mayoría del montón. Pero la extranjería les daba un inequívoco barniz de gloria, de misterio. Porque entonces se viajaba poco, y aunque había muchos bercianos que trabajaban en Francia o en Alemania, era raro que ciudadanos de esos países, y de otros, se instalaran en las orillas del Sil. Un día mi padre me dijo en la tribuna del campo de fútbol de Santa Marta: «ése señor es húngaro» y yo me quedé de piedra. Un húngaro del que luego supe que tenía un negocio en la avenida de Valdés. Era un hombre mayor entonces, habló algo con mi padre, recuerdo su castellano lento y gracioso. Como de niño grande. Aquel hombre había venido de Hungría, como los gitanos de las coplas, pero él era blanco de tez, ojos claros, aspecto más germánico que magiar pienso ahora. Alguna vez lo vi por la calle, al húngaro, y me imaginaba yo su país que no sabía cómo imaginar. Hungría, tan lejos, qué emocionante. Otro extranjero famoso era «el Alemán». Por antonomasia. El alemán se llamaba Fidel y tenía otro taller, como el húngaro. En este caso, se dedicaba a la fontanería. Cuando en casa fallaba un grifo, o se producía una inundación, mi padre decía: «hay que llamar al alemán»: Y luego venía un chico de Trabadelo o de Congosto, y ante mi estupor mi padre concretaba: el alemán es el dueño del negocio, este señor es empleado suyo. Y así fue como para mí el alemán se convirtió en una presencia oscura y atractiva. Que un día elucidé sin pretenderlo, casualmente: cuando le vi en su oficina, yendo mi padre a pagarle algún servicio. Y resultó que tenía el negocio cerca de casa, en la calle Ave María. ¿Qué otros extranjeros célebres había en La Puebla de Ponferrada de los primeros años sesenta? Recuerdo a uno más, que casi no lo era. Porque mi padre y sus hermanos eran clientes suyos, antes de que compraran un camión para el almacén. Por otra parte, este hombre era portugués, y ya entonces me parecía que ser portugués es ser mucho menos extranjero que ser inglés o suizo. El portugués tenía un camión que solía ir con la caja brava, con las maderas bajadas. Alguna vez escuché sus consejas y palabras, en la inagotable tertulia del almacén paterno, y me hacía mucha gracia su hablar, su acento dueño de la riquísima fonética lusa. País tan cercano y tan remoto a un tiempo. Pero que tanto tiene que ver con nosotros, leoneses. A fin de cuentas, los de Portugal, los del norte sobre todo, son leoneses viejos. A mí siempre me gustaron más los extranjeros que los tantas veces altivos ingenieros. Y desde niño me entró el interés por serlo. Yo quería que los demás dijeran de mí: ése es extranjero. En algún punto de mi plan, cedí. Y no fui extranjero. Pero me fui a vivir lejos, se ve que algo de esa pulsión perduraba en mí. Sentir que eres de otro lugar, extraño placer. Puede que también sea un camino hacia la libertad, hacia no sentirte demasiado concernido por lo que te rodea. Como un mirar las cosas desde fuera. Aunque al Bierzo sólo puedo mirarlo desde dentro, es curioso. Estando yo fuera.