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HAY asuntos del momento que piden apostillas, pluma con filo y cachondeo romo: se acusan de enchufismo en el Untamiento por colocar a la peña deportiva (oitú, novedoso notición; ¿y lo dice quien está libre de culpa lanzando piedras?... ¿es morro de liebre tuerta o de lechón cegato?); sacan folletos municipales para fomentar el «ocio sano» y se ilustran con iconos carteleros de bragas y culos (es lo propio de quien anda en calzoncillos o sin tapón en la reversa)... pero son temas que aburren, redundan o estomagan, así que considera la autoridad inspiradora que procede dar cuenta aquí -por su color esperanza- de dos parejas de herrerillos que vinieron a empadronarse en el parque que está bajo mi ventana y, de paso, a espulgarme el plantorio leñoso de mi terraza. Aparecieron al llegar las primeras frescas que empujan al África a codornices y golondrinas. No es frecuente, pero es normal, ver herrerillos en la ciudad donde pueden fijar incluso residencia si la querencia surge. Qué bien, me dije. El chichipán o chuchupín, que así llaman también al herrerillo por sus trinos, tiene colores de fábula en su capa y un antifaz en el careto que le hace casi tropical, pero es doctor en heladas y come semillas, algunos brotes y, sobre todo, insectos que va encontrando en troncos y ramas de los árboles, así que limpia de parásitos la floresta sin que le pague el ayuntamiento o le enchufe. De paso, se han devorado todos los pulgones que me vienen asolando una morerilla, dos rosales capones y un sabugo; genial; no gasto flisflús de insecticida. Este parque, como todos los de otoño, es hemorragia de tostados, amarillos, hojas envinadas, púrpuras de cardenal, pajizos de chocha perdiz. Hay tórtolas, mirlos, pegaratas y pardalada interminable. Pero hace un mes llegó también la paponada irredenta con sus trinos metálicos, irritantes y brutalmente ilegales. Esa banda de cornetos y tamboras nos aprieta su gólgota al tímpano ¡ya en estas fechas! en las que hasta un villancico espanta... Sufro dosis diarias de tormenta paponera; si al menos fueran almorranas, dolerían en silencio. Pero lo peor es que todo ese ruido ha espantado a los herrerillos. Han aborrecido el lugar y vuelven los pulgones a mis plantas. Vuenta al flisflús, a comprar insecticida. Me lo adeudan los papones con cargo a subvención. Y ya llegará lo de delito ecológico.

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