Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

Creado:

Actualizado:

HAY UN NOROESTE lleno de narradores. De otros narradores que no escriben, pero que hablan. Que cuentan cuentos por ahí, con su voz lenta y cuidada. Cuidada por las nieblas y las tardes que pasan en las casas y en las calles, en las ciudades y los pueblos. Estos narradores del Noroeste hacen su trabajo, y su trabajo es su placer. Y feliz del que les escucha. Porque no los olvidará nunca. La mayoría de los hijos de esta provincia seguro que hemos sido atendidos, y hasta mimados, por los narradores del Noroeste. Seguramente nuestra madre fue la primera literata que conocimos. Cuando nos contaba cuentos en la infancia. Pero más que cuentos, que siempre son un poco artificiosos, cocinados por otros, nos contaba su vida, a trazos; nos contaba la vida también, a trazos más misteriosos. Nos contaba cualquier cosa, cualquier reflexión, cualquier aventura. Y todo sabía a gloria y era gloria. Porque nuestra madre, y quien dice madre, dice padre, hermanos, parientes, amigos... nos estaba regalando, sin saberlo, el don del idioma. El don de nombrar el mundo, de interpretarlo. Con la música de esta tierra, claro, que también eso es narración. Y encanto. Como tantos niños de León, y de cualquier otro lugar, somos hijos de ese calor, de esa voz. Una voz llena de vida, no tanto de ideas, de objetivos, de obligaciones. No. Es la voz pura, voz del sentir, y más hondo aún, voz de la conciencia. Y con eso nos alimentamos. Y nunca nos saciamos. Porque siempre seguimos ahí, en la fuente de la edad de las palabras. En la orilla oscura de nosotros, que también es iluminadora. En ese río del olvido que llevamos a cuestas. En la labor del eterno peregrino hacia los demás. En los recuentos de invenciones que nos habitan jubilosamente. En las palabras que nos revelan la verdadera forma de la noche. Y así estamos donde debemos: en la palabra y en la conciencia. Y en el placer. Cada uno sabe quienes fueron sus narradores del noroeste. O del sur o del oriente, que eso da lo mismo. Cada uno tiene su nómina, sagrada en esa sacralidad humilde del vivir, del ir desapareciendo en cada minuto. De ir naciendo también en él. Como nacemos en el amor cada mañana, o en la melancolía del existir. Pero todo se combina bien, todo casa. Y no sucede nada. Suceden las palabras, y nosotros, con ellas. Nosotros en el centro del mundo. ¿Qué narradores tuvo usted? Recuerde, recuerde... Y no los olvide nunca. Aunque seguro que no los olvida. Por mi parte, procuro no olvidarlos tampoco, aunque ese trabajo es fácil. Porque ellos resuenan por ahí, archivos que continúan viviendo en la memoria. Memoria que no es nada si no es presente, como es natural. Ellos están aquí, los narradores. Mi abuelo materno con sus palabras graves, de viejo liberal católico. Las cosas que me contaba de cuando él era pequeño. Fueron pocas, pero no las olvidé. Él me hablaba de cuando él tenía mi edad, luego ya no fue tan fácil volver a escucharle porque enfermó. El discurso cariñoso y un tanto bohemio de mi madre. Y que ahora es un paisaje, un río. Nada de preocupaciones ahí, de tristezas. Y la voz de mi padre también, narrador de tabernas, tan aficionado a los viajes de viajante, amigo de personajes que vivían en villas y aldeas. Y los cuentos improvisados de mis tíos, dibujados con pluma de tinta azul sobre los azulejos de la cocina de casa, en los improvisados filandones de la Ponferrada ya moderna de los primeros sesenta. Narradores: voces de tantos, cosas que nos contaron. Historias de todo el mundo, historias que nos hicieron ricos en la única riqueza inatacable, que es la que vive en el corazón y en el cerebro.

tracking