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ANDAMOS ese teatro y yo en parejos años y por pelos no somos de la misma quinta, así que ahí nos van paralelas las cronologías. Lo llamaron teatro nombrándolo Emperador, pero el cine de estreno (con alarde de Velasco en cartelones) fue básicamente su sustancia, ya que las representaciones puramente teatrales -más propias del Trianón- se quedaban en cosa extraordinaria, en giras de alarde o teatro de ferias resuelto con un recital de canción española con Antoñita Moreno y las revistas de chiste y jata con patorra repetidas cada año por la compañía de Zori, Santos y Codeso... o el Navarro, el Pajares... De críos íbamos casi nunca a ese cine imperial porque costaba un duelo y un huevo. Mayormente éramos de barrio condenados al cupo de fantasía en celuloide con el salón parroquial de Renueva, el cine de los capuchinos o, a veces, en la bullanga de los agustinos que tapizaba de pipas el recinto... o en las sesiones continuas del cine Ventas (cine interactivo de mucha algarabía, guajes y familias enteras de calistos con aquella gitana que se desgañitaba increpando muy convencida al gicho: «¡mátala, mátala, que es muy mala y desfaice los matrimonios»!) o del cine Lemy, algo marginal y con su peligro... Al Crucero, sin embargo, no fui jamás; ni al de Trobajo, ni al de La Virgen (que se llamara cine Morano no es coña), ni al cine Apar -casi Armunia, allá de la Azucarera-, que era del padre de Juan Pedro Aparicio, con su mercedes y sus películas de reposición que traía del Emperador... Por entonces las parroquias clavaban en su tablón unas fichas de las películas que se exhibían aquellos días en la ciudad con su calificación moral: para todos los públicos, toleradas, para mayores, para mayores con reparos y gravemente peligrosas, en cuyo caso no había mejor propaganda; a por esa, que Gilda enseña un brazo (si hubiera enseñado las bragas, ¿habría procedido una excomunión?). Lo curioso es que cupieran estas calificaciones en películas que sólo llegaban a la pantalla tras la férrea e inquisitiva garlopa de la censura oficial del franquismo en la que mandaba y operaba siempre algún severo eclesiástico... picudo de navajina y obtuso de entendimiento. De cine y cines están hechos muchos de nuestros recuerdos. Y también algunos delirios, los sueños y las siestas roncadas en pelis modorras.

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