CRÉMER CONTRA CRÉMER
El misterio del taxi de cada día
POR ADELANTADO, en evitación de posibles equívocos que nos pueden conducir al Juzgado de Guardia, quiero decir y digo, que desde mi infancia, cuando aún no se habían inventado los taxímetros, ni existían más mecanismos de transporte urbano que los carros de chapé, me siento y me presiento amigo de los trabajadores del taxis, y en cuantas ocasiones se me han presentado he procurado defender sus estatutos, sus salarios y sus derechos. Que se me haya hecho caso o no, es otra cuestión. El caso es que como en aquellos felices tiempos del taxi bueno, bonito y barato sigo tomando el taxi, cuando tengo la suerte de dar con uno en la parada de San Francisco, donde no suele haber un coche para un remedio, minutos después de tomar el desayuno. Hago una señal al que se encuentra en la parada y éste amablemente me invita al viaje. Y desde aquel punto y lugar estratégico, hasta recorrer la carrera que se llama al servicio, me suelen cobrar unos dos euros y treinta céntimos de euro, lo que viene a equivaler a un precio normal, después de que se redondearan las tarifas cuando la llegada del dicho euro. Esto me suele suceder los lunes, miércoles y viernes de guardar. Llegado al final del viaje, pago y nos despedimos el conductor y el conducido todo lo amablemente que podemos y sabemos ambos a dos. Llegó un día raro, extraño, confundidor, uno de esos días en los que ni se produce un robo en la comunidad, ni se mueve una paja, ni se come una rosca el mejor plantado. Y precisamente en un día negro se me ocurrió coger un taxi, mi taxi, en la misma parada de San Francisco, que no era ni lunes, ni miércoles, ni viernes. Hicimos el mismo recorrido: De San Francisco a mi puesto de trabajo en la Avenida del Padre Isla, que Dios guarde. Y de la misma manera que en anteriores viajes, llegamos, paramos el vehículo y pagué, saludándonos muy fraternalmente, deseándonos felices pascuas, quizá por aquello de que los adelantados en el reino de los cielos. Pero en esta ocasión se produjo un fenómeno extraño del cual todavía no me he repuesto: El señor taxista, muy amigo y compañero, pero la baca por lo que vale, en lugar de cobrarle la tarifa acostumbrada, o sea dos euros con sus treinta céntimos para el redondeo, me pidió y yo pagué no dos sino tres euros y cuarenta céntimos, lo que además del disgusto que me produjo la alteración de precios, sin contar con la Junta, me dejó cuajadito al pie del motor, preguntándome yo solo sin alterar ni el gesto ni la voz y por supuesto sin dirigirme al compañero del volante, por si acaso, por qué coña maragata me habría cobrado un euro más de lo acostumbrado si el viaje había sido el mismo, las paradas idénticas y el gasto del motor de acuerdo con lo habitual. Prudentemente es lo que intento preguntar ahora mediante estas letras, para mi tranquilidad y en defensa de la amistad laboral que había presidido desde mi tierna infancia con el taxista de turno. Y humildemente elevo esta demanda hasta las autoridades taxísticas que mejor convengan para que se sirvan explicarme el aumento insólito y para que al fin el usuario que suscribe, pueda dormir tranquilo. Gracias.