CRÉMER CONTRA CRÉMER
Queremos ser autonómicos
Y EL BUEN pueblo se echó a la calle. En manifestación y con pancartas. Los pendones y banderas flamearon a lo largo de un trayecto simbólico. Y miles de leoneses, más o menos influenciados por la política que mandan hacer los hombres y otro tanto por la resistencia que determinados núcleos de población resistente a concesiones que pudieran gravar sus hegemonías. (No debo decir por hombre las cosas ni los nombres de los protagonistas), la verdad del caso fue que los leoneses, esta vez sí que en forma de ciudad, se echaron a la calle pidiendo la autonomía. Fue en primer lugar el excelentísimo Ayuntamiento de don Mario Amilivia el que, reunido en sesión plenaria, aprobó la moción que rescataba el tema y el problema para general conocimiento. Está claro y terminante que León solicita un estado de ser, entidad válida para su futuro y el de los suyos, frente a las resistencias del diamante que ofrecen castellanos dominantes, y si este clima de renovación no cambia, un día no sabemos todavía de qué año, los leoneses seremos autonómicos. No digo que ésta sea la situación social, política y aún religiosa que nos convenga, pero sí que se acumulan los millares de leoneses que piensan que se le está regateando una consignación política a la que tienen derecho. Los líderes de la cuestión elevan sus solicitaciones a la Diputación Provincial de León, solicitando de ella que se integre, que se comprometa en la operación a la cual están dispuestos centenares, o un solo centenar, para no parecer excesivos, dispuestos a enarbolar sus estandartes y pendones solicitando una cierta forma de autonomía que las permita alardear de personalidad y les sirva para que los leoneses al fin se sientan con derecho a la proclamación y al disfrute de una entidad política, cultural y social propia y reconocida. Nadie se arriesga a ensayar, con todos los riesgos que se presume, la gran aventura, ni que el juego de las manifestaciones pueda convertirse en un modo de hacer política, sin otro fundamento real que la conciencia de un pueblo que se siente aherrojado o sometido a la voluntad, no siempre acordada, de un núcleo de la población española sin voz real y sin voto auténticamente democrático. Y no se trata, digo yo, de encender las antorchas de la revancha ni de la estampa de los veinticuatro reyes que León tuvo antes de que Castilla consiguiera establecer su código legal, sino de la realidad del siglo veintiuno que está llamando a nuestra puerta con carácter de urgencia para conciliar voluntades y enmendar errores políticos. León no se merece esta situación como de Viejo Reino inservible, apto solamente para la recepción de limosnas. No se trata de una sublevación, sino de una demanda para reincorporar con todo los derechos legales a una vida política a la cual está llamado. Y parece ser que tampoco se trata de un juego malabar o de una gitanería electoral para salir del atasco, sino de un posible arreglo a fin de anular una injusta situación en la historia moderna. Cuando los puristas con toda razón, reclaman que los libros de testo sean corregidos por la felonía de algunas de las partes en las que la importancia de León como parte fundamental de la Historia de España, se corrige y hasta se niega, cuando se solicita el gobierno de la verdad histórica no se está haciendo demagogia, sino exigiendo un derecho. ¿Sueños? Pues tal vez, porque estamos próximos al despertar cuando soñamos que soñamos.