Diario de León
Pedro García Trapiello

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ESE TEATRO fue de cabo a rabo un negocio privado, una ganancia personal y una empresa a su albedrío legítimo, por más sentimentalidad pública que le echemos al hoy muerto rescoldo de lo que fue, por más lagrimón patriota que se ha puesto a rebozar este escalope o guiso (guisándose está su encalomado al erario público) y por más oportunismo electorero que quiera pillar en este asunto algún candidato centimetropolitano. Ese teatro, al que se le han estado ordeñando sus buenos duros mientras los vientos soplaban de popa (o sea, de cine), es en su cierre una consecuencia de los tiempos y de la muerte natural de ciertos negocios; sufre el riesgo de lo obsoleto propio de las empresas demodés. Lo que difícilmente puede explicarse es que, cuando el negocio es filfa o déficit tenga que asumir sus consecuencias una administración pública desembolsando un mortero gigante de pastizara a triturar como si fueran ajos para una sopas espurriadas: su rehabilitación, y no sólo su compra, será un pozo sin fundo, pues ese salón de comedias sufre reuma de estructuras, desarreglos de toda índole, incuria de instalaciones, trastiendas descuarteladas y todo un rosario de dolencias que la empresa propietaria ha ido sistemáticamente desatendiendo porque desde hace quince años la cosa declinaba y ya no era tan boyante como lo fue en décadas, sin que entonces ello se tradujera en generosidad hacia la ciudad y los ciudadanos que con su presencia y lealtad a este negocio fueron la clave de sus ganancias. Valga un ejemplo: hace unos años, un instituto de esta ciudad metido en celebraciones de aniversario programó al efecto un concierto de la Sinfónica castellana y leonesa cuyo bulto hacía escaso el teatrillo de ese centro de enseñanza; en consecuencia, pensaron en el Emperador para dar este concierto en condiciones de justa pompa y espacio. Se quedaron turulatos cuando les fijaron la tasa de alquiler por dos horas y resoplaron al tener que aflojar el peaje, más de cuatrocientas mil pesetas, jodópetaca, de manera que no hubo mejor resumen del episodio que la frase resignada del sencillo provinciano al que le atizan aquel principio comercial de «al ave de paso, cañazo» y que dijo resignado «esto es caro... y cara». A las maduras no estuvinos y a la duras nos convocan.

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