CRÉMER CONTRA CRÉMER
La lobada
COMO SI ESPAÑA no tuviera bastante con sus problemas, diríamos tradicionales, como han llegado a ser los incesantes asaltos de inmigrantes de todos los colores; la huelga de los médicos que solicitan de los poderes públicos y privados que se les concedan, además de los elementos técnicos suficientes para que no se les queden los enfermos por los pasillos; como si los azares electorales del superpresidente de todos los países del universo mundo; lo de la vivienda no constituyera para los españolitos, madre nos guarde Dios, un problema de la máxima urgencia si no queremos que los «sin techo» invadan las calles con sus pancartas y con sus clamores; como si todos los gravísimos problemas que se sustancian por tierras bíblicas a tiro limpio con centenares de muertos diarios; como si el mundo en el cual vivimos fuera el espacio más feliz para la raza humana y hasta los niños escolarizados se dejaran de «botellones» para dedicarse a los estudios que les están encomendados para ser hombres de provecho sin hacer la guerra a sus condiscípulos y profesores... O sea, como si el país estuviera en buenas manos y la felicidad llamara a todas las puertas, llega el invierno o el otoño, y los lobos se saltan todas las barreras y acometen a los indefensos corderillos que en sus majadas sueñan con la gloria prevista para los animales mansos y humildes de corazón. Y en León, que es tierra de lobos, sucede lo que sucede y es que a causa de un tiempo que no encaja en los anales de las buenas costumbres entre depredadores y humildes y sensibles corderitos para los nacimientos de la Navidad, los lobos se comen a las ovejas, y en Cerezales del Condado, una manada de ferocísimos lobos, abatió y mató a cerca de una docena de ovejitas luceras, que no habían hecho mal a nadie. Ante tan espantoso comportamiento, los criadores de animalitos domésticos y bíblicos se echaron al campo demandando que ante este atropello de los derechos de sus ovejas, los organismos, en lugar de gastarse los dineros en ruinas religiosas o en solicitudes para la recuperación de la vida en Zambia, se dignaran acoger las súplicas de los pastores ya sin pastoreo, pues que, sin detrimento de los derechos que toda ruina merece, también los corderitos tienen derechos reconocidos. El problema o el asunto de los lobos que se comen a los recentales que se les ponen por delante es antiguo, y divide a la sociedad española, casi lo mismo que a la socialista y populares, y convendría que por quien correspondiera se tomaran las medidas oportunas para poner freno a los apetitos del lobo en defensa de la inocencia de la cordera lechera, pues de no poner remedio a tan fiero comportamiento por parte del lobo, los pastores se verán obligados a dotarse en defensa de lo suyo, de escopetas y de mastines, o abandonar el pastoreo y dedicarse a la política. Que siempre es más provechoso y de menor riesgo meterse a concejal del pueblo que a cuidar un hato de borreguillos. Y es que en cuanto llega el otoño y el invierno, llegan los lobos, como cuando se anuncian elecciones. Y se nos viene a la memoria aquellos versos de Antonio Zozaya: «Es Burgo del Monte/ tierra de cabreros/ que tiene una fuente/ de aguas minerales/ y en donde en invierno/ desde los Oteros/ bajaban los lobos/ hasta los corrales».