Diario de León
Publicado por
EDUARDO CHAMORRO
León

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NO SE SABE a ciencia cierta quien dijo aquello de «Después de mi, el diluvio», si fue Luis XV o su indiscreta y bastante malcriada amante, Madame de Pompadour. Es una cosa bastante natural en ciertos mandatarios internacionales estar dispuestos a adornarse con cualquier cosa aunque después de ellos, y gracias a sus adornos, caigan chuzos de punta. Me refiero, más concretamente, a ese muñeco de sí mismo y audaz cantamañanas que es Hugo Chavez, incapaz del más mínimo respeto por quienes le aprecian en democracia y le eligen con sus votos. El antiguo golpista está por la vida eterna y en contra de la contingencia; detesta la incertidumbre y conserva incólume su vieja vocación de sodomizar a la democracia. Quiere acabar con todo lo que de transitorio entraña esa concepción de la vida política, y está dispuesto a convertir lo transeúnte de sus instituciones en permanente, al menos en lo que más directa y personalmente le concierne. Quiere ser presidente permanente, de por vida, vitalicio, para siempre jamás mientras le quede aliento para autosantificarse: «Hugo Chavez: santo, santo, santo». Y tiempo habrá para que en Venezuela y en el Universo Bolivariano se haga valer la instrucción de que todas las familias pongan a sus hijos mayores o primogénitos (sin perjuicio de que también lo hagan con los pequeños o benjamines) el nombre de Hugo Chavez, junto con la prohibición de usar el diminutivo que pudiera poner a alguien en el brete de, por ejemplo, avisar para la merienda al grito de «¡Hugochavito, a merendar! ¡No te lo diré dos veces!» Es también muy lógico, todo hay que decirlo, que quien se siente hermano de Fidel Castro, padre de Evo Morales y Espíritu Santo de Simón Bolivar, busque ese modo de lograr que nadie le coja vivo que otorga la permanencia en el mandato. Hugo Chavez pide ser presidente para siempre y está dispuesto a buscar el refrendo de toda la ciudadanía, su ciudadanía, para esa ilusión de verse sempiterno, de reconocerse en su principio y no verse en su final. Es un modo de pasar de lo cuantitativo a lo cualitativo, del verde oliva del uniforme al rojo pimienta de la camiseta insurgente para terminar en el púrpura de la túnica imperial. Para terminar o no terminar y evitar, así, el diluvio.

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