Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La dura cuesta de enero

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ME ATREVO A DECLARAR que el cabo y al rabo de mi biografía, he tenido que subir y bajar la cuesta de enero, cien veces. Y nunca acabo de entender por qué XXXX, siempre me parece la última, la más empinada, la más oscura, la más dejada de la mano de Dios y de los hombres. Cada vez que hago un esfuerzo de memoria para situar la escena en su término debido, se me viene al recuerdo, la letrilla a la que desde niño me atenía: «Subir y bajar la cuesta/ y ganar poco jornal/ eso no me tiene cuenta». Y tal como decir la letra de la copla así se me abandonaban en la memoria histórica los motivos por los cuales la Cuesta de enero es, desde mi iniciación de muchacho, la aventura más desventurada de la Historia, incluyendo cuando nos invadieron los almorávides y Don Rodrigo se ahogaba en las aguas del río Guadalete. Llegado que era el día de la cuesta de enero, se encapotaban las nubes, se llenaban los caminos de barro y los malos augurios sonaban a campana de duelo. Los agonistas de la Cuesta, que éramos todos aquellos que no teníamos para contarlo, nos echábamos a la calle, por ver si se perdía algo de lo que a los ricos les sobraba, sin conseguir casi nunca que se colmaran nuestros deseos, porque el poderoso cree sinceramente que todos los hombres de su ciudad, de su tribu y de su lenguaje, eran miembros de la poderosa etnia de los constructores, de los toreros, de los jugadores a la patada. Y no tan solo no solicitaban una ayudita por el amor de Dios que había nacido en un pesebre («cuando menos se espera/ salta la liebre»), sino que se echaban a gimotear dando la sensación de que el drama era superior a la ficción... Pues bien, o por mal, este sentimiento de vencimiento definitivo se obtiene principalmente en la vida del hombre cuando atraviesa los umbrales de las Cuestas de Enero. Y es que en España somos contradictorios, absurdos y amigos de la caza del conejo. Cuando más hundidos andamos en nuestras propias desventuras y hasta las madres paren hijas, se producen los más espantosos signos de decrepitud, de ahogo financiero y de invasión hipotecaria. Ahora mismo, cuando me dispongo a anotar este acontecimiento de la Cuesta de Enero del año 2006-07, se nos anuncia que el precio en general (que es donde suben de verdad los precios), ascienden con mayor velocidad y con furia más desencadenada. Y se anuncia la inmediata ascensión a la estratosfera económica, el pan, el agua, la luz eléctrica, la vivienda; del fisco, del cisco y del menisco, porque si esto no se detiene, hasta los ilustres padres de la patada tendrán que acogerse a la Seguridad Social aquejados de víctimas del menisco deportivo. No queda ya en todo el Libro Negro de la Cuesta de Enero ni un solo artículo de primera, de segunda, de tercera necesidad sin su debida corrección al alza. Y el común de vecinos, que no cobra nada del Estado, ni el Municipio, ni de la Diputación se siente amenazado de parálisis económica total. Y en vano elevaremos las preces más dolidas al santo Martino de Don Antonio Viñayo, porque de la ruina no nos salva nadie. Y seguiremos hasta rendirnos, cantando con voz doliente la copla tradicional, que decía: «A la cuesta de enero/ yo te comparo/ que es la cuesta más cara/ de todo el año». ¡Y vida Pérez de Guzmán!

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