Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Nosotros los vencidos

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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MI QUERIDA AMIGA y futura concejala, o diputada, o quién sabe, hasta ministra: todos somos veintidós, todos somos derrotados, todos nos alimentamos de los fracasos que conquistamos empujados por nuestra propia ambición. El hombre, el ser humano, no es ni más ni menos que un ser para el fracaso. El filósofo diría: «un ser para la muerte», pero tampoco hay que exagerar, sobre todo si tenemos en cuenta que el fracaso es una peripecia natural de la vida que nos es atribuida. La vida del ser humano está tejida con el mismo hilo que la de la victoria, el éxito o el triunfo glorioso y gratificante. Lo que se impone es que cada ser, acometido por el gañafonzazo del fracaso, acoja esta circunstancia con serenidad. Porque todos fracasamos alguna vez en la vida y no vale lamentarse o proyectar resentimientos a las alturas. Cada cual habrá de cargar con su culpa y mantener sobre sus espaldas el peso del error. Por ejemplo, día tras día estamos asistiendo a la ceremonia del fracaso político. Nuestros hombres y nuestras mujeres, llamadas para los más altos cargo, incurren en tantos fracasos como en posibles victorias. Lo que sucede es que la manipulación real del hombre que trabaja, que funciona, que descubre o que inventa, es alabar su propia técnica de vida. Y el fracaso no es sino un error cometido cuando precisamente se acometía la tarea de triunfar. Días y días y días, despertamos con el rumor alojado en nuestro cerebro, porque entendemos que algo o alguien contribuye a que nuestros proyectos se frustren y acabemos bajo el peso de una culpa que no hemos cometido, porque los fracasos y las culpas, no las hace el hombre, sino que nacen de la condición humana. Y donde menos se piensa y cuando menos se espera, salta la liebre. Para afirmar alguna de estas premisas, descubramos una realidad encubica, un fracaso que nos obstinamos en encubrir para ocultar su realidad: La política española, fundamentada, a lo que parece, en la erradicación del terrorismo, está fracasando. Es por sí misma un fracaso, dado que lo que en realidad se persigue por los unos y por los otros, es la conquista del poder y su correcta aplicación. Y nadie garantiza que precisamente aquellos motivos o fundamentos de nuestros proyectos políticos, sociales, culturales o religiosos son los que pueden llevarnos al éxito. ¿Por qué el ser humano, a la vista de la escasa eficacia de nuestros planes no variamos el contenido de estos, el espíritu y la voluntad de éstos y acomodamos nuestros proyectos a los que se sugieren como obligados sustitutivos? Sencillamente porque nadie persigue el bien común, ni el éxito de un proyecto general, ni la ruta despejada, sino, lisa y llanamente, la satisfacción personal. Las tiranías no son sino demostraciones de ambiciosas tentaciones de dominio. Y dado que el hombre está llamado a portar valores eternos o sea equivocaciones, errores y frustraciones la vida más bien se acompasa y se mantiene grapada de fracasos. Cuando el presidente del Gobierno, en plena ceremonia parlamentaria reconocía que también los presidentes se equivocan, lo que hacía no era sino reconocer que la función humana no es en puridad sino un ejercicio de rendición de frustración, de fracasos. Se vive de la circunstancia, sí, pero sobre todo, de las equivocaciones propias que nos llevan a la ambición desmedida, ¡Eso es todo!

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