Diario de León
Pedro García Trapiello

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EL ARTE, como la fe, es crear lo que no vemos. Para eso se inventó. Después vino alguien y dijo que hay que creer en las visiones y trazos que descubrió el arte de lo no visto... y se inventaron los ídolos, primero y, después, las religiones regladas, estaribeles benditos que vienen a instituirse como entendidos marchantes humanos de las bellezas divinas... o de sus infiernos (a las artes religiosas les chifla pintar tantos arcángeles de moflete y morrofresa, como demonios corrupios... el bien y el mal, el premio y el castigo, la belleza y la fealdad). Si el hombre descubrió el arte para superar el plano agónico de la crudeza existencial, de la vulgar realidad de la vida, de los trabajos y de los días... esa realidad, entonces, anda en el arte algo sobrante o, cuando menos, redunda, roba y no recrea (atosiga hoy tanta realidad vasta y basta en galerías, museos o basílicas del brochazo). Como decoración, podría valer; como arte, la realidad es estafa... o, como tantas religiones, negocio más que nada, templo-mercado con sacerdotes almaceneros, pasión de oro, incienso y mirra... oro para artistas del poder o cámara, incienso para los críticos del oro y mirra para al inmensa mayoría de artistas que quedarán sin oro ni crítica en la cuneta del tiempo y del olvido... y cuyos nombres nadie recordará más allá de sus nietos. De arte y de escotes se habló mucho estos días en la madridanga capitalina, el foro. Cibeles y Arco se alzan con un regodeo informativo de mucho golpe (de talonario). Llegará un día en que se celebren conjuntamente. Hay demasiados aspectos coincidentes o idénticos entre pasarelas y montajes, blondas y performances, extravagancias y provocaciones. Lo más igualito que tienen ambas ferias es que esas historias, esos trapos de carísima puntada o esos trastos que flirtean con la aberración o la genialidad, sólo pueden comprarlos o degustarlos los ricos, condenándose a todos los demás al único papel que nos dejan e imponen, el de mirones, puros y mudos espectadores de una realidad ajena, ajenísima, dirigida, lejana e inalcanzable para nuestra idea o cartera... ¿Quién se extraña, pues, de ver a un tonto justificando el picudo arte que ampara porque dice revalorizarse? Por lo mismo, le parece excelente que el dinero negro acabe blanco al purificarse con ese arte... o en su basílica.

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