Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

El crimen de Fago

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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EL POBLADO ES PEQUEÑO, pero la gente se estima, se quiere incluso. El programa de vida de sus habitantes -no llegan a cien- es más bien simple, elemental: el campo, al frío, la nieve son elementos de su obligado repertorio. Y las cuestiones que surgen, son las habituales, las que se producen con el roce diario, inevitable y sometido a la mismidad del lugar y de las condiciones de vida a las que los habitantes están acostumbrados. Pero en Fago, que tal es el nombre, sometido judicialmente al dominio de la Guardia Civil de Jaca, se suceden estos roces diferenciales, o por que no comulgan todos con las mismas doctrinas de la política en marcha, o porque hay intereses personales de los unos y de los otros que se contradicen, que chocan y producen estados de ánimo de peligrosa alteración. Dícese y posiblemente con una carga sensible de realidad inevitable, que cuando dos vecinos se encuentran enfrentados, por una cosa o por otra, todo el pueblo se enciende y procura evitar los contactos, por temor a contagiarse del fuego que se produce. Y esto, más o menos, es lo que sucedió hace algún tiempo: Un vecino dedicado al cuidado del campo, como guarda forestal, entendió o debió entender que el alcalde del lugar se pasaba en el cumplimiento de sus derechos y deberes. Y se produjo el encuentro, se declaró el estado de guerra entre el uno y el otro. Ha de hacerse una reflexión obligada cuando estas rivalidades se producen, porque en la medida que el poblado es pequeño, que todos se conocen, que los intereses son mutuos y que las ambiciones son las mismas para los unos que para los otros, el choque se convierte inevitablemente en un asunto, una cuestión, un litigio de fuerza... De sangre diría el cabo de la Guardia Civil, si tuviera que decir algo. Y del enfrentamiento entre Santiago Mainar, guarda forestal y Miguel Grima Masía, alcalde de la localidad los desajustes producían rechinamiento. Y no por las diferencias políticas que parece ser que se producían, sino porque las decisiones del regidor mayor de la municipalidad no se ajustaban a lo que el guarda forestal entendía como principios democráticos inalterables, o algo por el estilo. Y uno de esos días de nieves desplegadas por calles y viviendas, con un cielo de color de la pena, al señor alcalde le tendieron una emboscada y allí sobre el campo de nieve y escalofríos, cayó acribillado a postas el regidor. Y nadie sabía quién había sido. Y el forestal, en un alarde de descaro parece ser que se dejó decir tontamente: «No faltaba más que se me cargara a mí el muerto». Y se lo cargaron. O mejor dicho, se lo autocargó, porque en un arrebato de sinceridad, con su propia conciencia, se declaró culpable de la muerte. Y Fago se quedó sin alcalde. Y España puso un muerto más sobre su tierra mártir. Y allí fue aquello de «muerto se quedó en el campo». Y es conveniente y hasta obligado, registrar estos tremendos acontecimientos de sangre en la nieve para intentar convertir el evento en un motivo de reflexión. ¡Porque en España se mata mucho!

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