CORNADA DE LOBO
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TRINCAR lo que vuela por la Red y bajárselo al bolso o al escritorio particular se viene llamando descargar y la cosa es vicio generalizado que crece y crece. Hay quien se embronca, se subleva o se querella por descargas fraudulentas, especialmente de músicas, que siguen siendo un negocio crudo donde los haya, aunque ojalá ocurriera otro tanto con los libros, que siguen siendo el mejor lugar para -según nos demostró Azaña- guardar cualquier secreto, publicándolo. Una compañía discográfica premió hace unos días, sin embargo, la lealtad de los usuarios que habían descargado legalmente -o sea, pagando- temas del último disco de un conocido cantante con rulos y de gran caché. Por contra, las discográficas y porrón de gentes del artisteo bendito, intérpretes, compositores y otros restos se sulfuran contra el pirateo, contra la descarga ilegal y la comercialización clandestina de estos productos. Ante el juez Oubiña en Barcelona se celebró una vista en la que se demandó a unos pobres inmigrantes por vender duplicaciones ilícitas en comercio de acera tendida. La jurisprudencia de don Adolfo resolvió absolviendo a los finalistas de este negocio que son los comerciantes del top-manta con una sentencia que es todo un compendio de filosofía comercial y ética jurídica, sapiencia de juez escarmentado a la que añado una consideración en este caso y en el de los que apean de internet músicas, textos, apuntes o lo que sea, pues ha de considerarse que si no fuera por esas copias baratas o descargas fáciles ese usuario jamás se compraría esa obra o fidelizaría su admiración pagada por tal o cual. Miradas así las cosas, los autores o intérpretes deberían, incluso, estar agradecidos a la baratura del top-manta o a las descargas fáciles de internet el hecho de que su tropa de admiradores aumenten más fácilmente que si restringieran su difusión estrictamente al que paga la cosa (diez veces más de lo que vale, además, según lo demuestra el comercio ilegal). Lo que les parece robo es, en realidad, ampliación de devotos y de mercado; al fin y a la postre, negocio. Pero las descargas que dan miedo son las que se hacen de los presupuestos públicos, como las hechas por Vitatene de los dineros autonómicos. Esas descargas dan calambrazo mortal y son políticos quienes las administran.