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VICTORIANO CRÉMER
León

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CUANDO MI TÍA Federica tenía licencia para opinar, sin que sus razonamientos fueran debatidos, los vecinos del poblado sabíamos aproximadamente todo lo que había que saber, tanto de la vida particular de cada uno de los contribuyentes como de los asuntos que concernían a la vida pública. Y si se hacía indispensable el riego en la comunidad, todos los componentes tenían noticia cabal de los derechos que se le atribuían al solicitante de agua de lluvia y de reguero, como acababan por conocerse todos los complejos asuntos de licencias que se daban a manos llenas o de parcelas que se concedían para edificación urbana al chico de la Asunción, a la cual se le atribuían razones sentimentales con el edil encargado del otorgamiento. Era un tiempo todo lo caciquil que se quisiera pero en el fondo, cabía la posibilidad de que más pronto o más tarde, todos los vecinos llegaríamos a disfrutar de los privilegios que la ley concedía a quienes servían al municipio. En realidad era, si se quiere, un sistema difícilmente democrático el que se practicaba, pero en el cual todos participaban, de una forma o de otra, con los mismos derechos para alcanzar «el puesto que todos se permitían exigir». Y la prueba de que hoy las ciencias de la gobernación de los pueblos ha cambiado tanto y cuanto, es que en la actualidad, es un decir para la meditación general, en la actualidad, el pueblo, los vecinos, los electores, los verdaderos paganos, no se enteran de nada, no saben de qué pie cojea nadie, y el que se aúpa hasta los puestos de la gobernación del pueblo, no tiene la menor posibilidad de que el disfrute del poder llegará a alcanzarle algún día,y llegar el mando necesario para poder otorgar por su solo albedrío licencias de obras, o subvenciones o colocaciones en puestos bien retribuidos. Ahora y en esta hora complicada que nos está tocando vivir, no manda quien quiere ni siquiera quien pudiera, sino quien dispone de padrino político capaz de conceder atribuciones provechosas. En aquellos tiempos de los apóstoles los contribuyentes, los vecinos, los electores conocían los límites de sus derechos y el volumen de los derechos de los demás, y no era tan fácil saltarse las reglas, so pena de caer en las redes de una justicia popular que no perdonaba fácilmente. En la actualidad, los pueblos son visitados frecuentemente por los hombres verdaderamente importantes de la política vigente. Y no es porque anden dotados de la virtud de la caridad, para socorrer un defecto social o para enderezar un entuerto político, sino para que les vean y para asegurar, mediante este ejercicio de actuación folclórica, «el puesto que tienen allí». Y que se imaginan que les pertenece por derecho, por herencia o por méritos de guerra. Bien está, si es que está bien, que los hombres importantes (profesores, doctores, ingenieros) visiten los distintos poblados siempre tan faltos de lo indispensable para una vida digna, pero no que hagan de este visiteo un ejercicio político de taumaturgia, de engaño para quedarse con el precio de la vaca.

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