CRÉMER CONTRA CRÉMER
Aquella guerra de destrucción masiva
ACABAMOS DE RECORDAR -triste o más bien lamentable recuerdo- la tristemente famosa guerra de destrucción masiva del Irak. Hace cuatro años tres tenorinos, con voz cascada y de intenciones turbias, declararon la guerra a un pueblo histórico: Irak. Se descubrió, para estimular los deseos criminales de algunos de los cabecillas del asalto, que en el poblado del Éufrates y el Tigris, dominados por un sátrapa, Sadam Husein, se escondían propósitos tremendos de armas de destrucción masiva, bajo las cuales podíamos ser destruidos todos los pueblos del orbe que no se rindieran a la suprema estrategia del amo del mundo, por entonces George W. Bush, todavía al frente de las mesnadas invasoras. Y para fines tan infames, se dispusieron formaciones de analistas, de registradores de territorio, de descubridores de mentiras. Porque en aquel país de la Mesopotamia, ni había armas atroces de destrucción masiva, ni se concebía en los cuarteles la idea de que el pueblo irakí o sus gobernantes hicieran causa común con Al Qaida, instrumento del misterioso y escurridizo Bin Laden para reducir los efectos terribles del señor de los anillos de hierro. En la estrategia para el dominio de Irak se contó con un colaborador importante, sobre todo para el futuro de España. Los españolitos que todavía no se habían repuesto del todo de una guerra particular a la que, por cierto, no le prestó atención democrática el pueblo armado de los Estados Unidos, corrieron, en forma de presidente del Gobierno, Aznar, a fotografiarse entre los tres campeones del horror, y contribuimos con nuestra valiosa colaboración al episodio trágico de la guerra del Irak, en la cual estamos todos metidos, de una forma o de otra desde hace cuatro años. Ciertamente llegado un momento también histórico, España salió de la hoguera y salvó los muebles políticos aunque mediante su contribución a la demanda de las Naciones Unidas para contener la furia de los talibanes del Afganistán¿ Pero la guerra le costó al erario español cerca de dos mil millones de euros, con los cuales muy bien hubiéramos podido levantar hospitales y universidades en la tercera parte del territorio nacional. Pero esa es otra historia. La de hoy, más de la nieve y del sol, se fija en el quinto año que se abre con estampidos y en cuya zarabanda homicida acaso, quizá, quien sabe, tal vez, tengamos que intervenir¿ Durante tres años igualmente crueles, los españoles sostuvimos una guerra en la que dejamos la piel y las entrañas y nos duele tener que denunciar la posibilidad de que nuestras colaboraciones benéficas no acaben en lucha armada. Porque una guerra, todas las guerras, se sabe cuándo y hasta cómo empiezan, pero nunca se conoce cómo y cuando terminan. En este tiempo de la recordación del fraude, del villaño engaño, de Irak, queremos dejar escrito el testimonio de nuestra repulsa a esta y a la otra guerra.