Diario de León
Publicado por
Antonio Núñez
León

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EN LA conocida novela de aventuras Moby Dick, la ballena blanca , su autor, Roman van Herman Melville, describre las costumbres de remotas tribus de Oceanía, probablemente emparentadas con los jíbaros del Amazonas, que tras cortar la cabeza al enemigo la reducían al tamaño de un puño. La técnica está siendo perfeccionada ahora en el PP leonés a cuenta de la guerra interna por el control de la Diputación Provincial entre Isabel Carrasco, cabecita loca, y Juan Martínez Majo, alcalde de Valencia de Don Juan, que todavía la conserva y al que no pocos consideran el más majo de los dos, aunque para eso hace falta poco. Están rodando cabezas en la política local, cosa que por lo demás no es nueva ni exclusiva del ecosistema cazurro. Muchos siglos atrás Hobbes ya filosofaba en Europa que «el hombre es un lobo para el hombre», hace no tantas décadas el argentino Borges medio justificaba las masacres de los terroristas montoneros de Perón por parte de los mílicos argumentando que «se están comiendo a los caníbales» y servidor mismo nunca olvidará las consejas de la abuela cuando de chaval avisaba que «el pez grande se come al chico». En esta vida, y más en la vida política, el equilibrio ecológico es siempre muy inestable, pero no porque lo diga Al Goore o la ministra Narbona por lo del calentamiento global que tienen los dos, allá se las apañen entre ellos, y el cambio climático, sino porque todo bicho viviente mata para comer y es, a su vez, susceptible de ser comido. Ley de vida, según le dije ya a cierto gusano que profesionalmente me mandaba a la tumba. Va en la naturaleza de las especies, no tiene remedio, cada uno somos de la madre que nos parió, pero no hay que dejar que los políticos compliquen aún más las cosas: le das harinas cárnicas al electorado de izquierdas y de derechas para que se devoren entre sí y luego los rebaños te salen, como en la última guerra civil, de vacas locas o de ovejas modorras, tal también como degeneraron los últimos caníbales de Haway antes de saber que, en realidad, lo suyo era el síndrome de Creutzfeldt-Jakob por jalar carne de congéneres. «A buenas horas», hubiera dicho también el capitán Cook, descubridor e introductor de conejas y corderas en Australia y Nueva Zelanda, cuando lo asaron por aquellas playas. Problamente los maoríes fueran también flemáticos, pero en las antípodas, porque podían haberlo hervido a fuego lento. Cada país tiene sus propias costumbres. En la nueva asignatura de educación para la ciudadanía los gobiernos deberían incluir, además de la alianza de civilizaciones, las misiones de paz en Afganistán y un mínimo de respeto a Zerolo, para no tocarle lo que usted ya sabe a él ni él nos lo haga a nosotros, los que los que votamos -Churchill ya decía que el éxito del almirantazgo británico era el látigo, el whisky y la sodomía- la fabulilla de Moby Dick (la Diputación), el capital Acab, ya luzca galones de la Carrasco o de Martínez Majo y el arponero indígena reductor de cabezas, que, si es por tradición ancestral, bien podría ser Pano, el de Riello. Y tomar nota de que en el naufragio sólo libró uno, flotando en un ataúd. Aún es pronto para predecir cómo acabará el proceso de jibarización del PP de León, aunque, como sigan así, no van a pasar la próxima singladura de las elecciones generales. «Acordaos de Jonás», podría sermonarles el presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, porque él mismo puede acabar varado en la playa de la oposición y a dos velas cualquier año de estos. En La catira , obrilla poco conocida de Camilo José Cela, aunque le dieran en los años sesenta el Premio de la Crítica, antes de llegar al Nóbel, se lee también que algunas remotas tribus amazónizas de Venezuela, aun antes de Cháves, cuando las cosas vienen mal dadas comen tierra. «Muy fregado tiene que ponérseles el coroto, compadre», habla uno de los personajes, que luego recuperó el también premio Nóbel de «Cien años de Soledad», Gabriel García Márquez, en la india nerviosa que, al llegar a Macondo huyendo de lo que fuera, comía hasta la cal de las paredes de casa. Si ahora se están matando en el PP por la Diputación, que ya no tiene competencias mas que sobre los peones camineros del pueblín, no vea usted la que se puede liar dentro de pocos meses cuando haya que hacer las listas a las elecciones generales, gane o no Mariano. Duda un servidor que tan siquiera este menú del día le vaya a quedar al PP local cuando el electorado, que pide modestamente cocido, eche cuentas del ansia con que sus líderes le hincan el diente a las nobles y antiguas piedras del Palacio de los Guzmanes. Como en los chistes malos, cuando esto acabe van a tener que comer todos mierda, así como suena. Y eso no es lo peor. No habrá suficiente para todos.

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