CRÉMER CONTRA CRÉMER
El fin de los mundos
SE ACALLARON LOS sones temerosos de los tambores, al paso de las procesiones. Y los cánticos a modo de oraciones desgarradas suben al cielo impávido. Llueve tan intensamente que la tierra no es suficiente para acoger la riada celeste. Las Naciones Unidas, a través de sus oráculos, advierten con absoluta seriedad al hombre dejado ya de la mano de Dios y de la de los hombres, que el mundo, que los mundos están a punto de perecer, esta vez sí que por la impura acción de los hombres poderosos. Los sempiternos hielos de los trópicos y las Amazonías; los desbordamientos de las aguas furiosas; las nieves eternas deshelándose y transformándose en agua salada, imposible para la sed de la Humanidad. Se anuncia la muerte sin remedio de especies indispensable para la representación humana, y por si estos datos naturales fueran pocos, se declaran guerras de dominio y los borbotones homicidas del fuego interior se desborda rompiendo la corteza terrestre en forma de volcanes rabiosos, deslizándose por las laderas del mundo, de los mundos. El clima o si se prefiere el cambio de clima, nos está enviando señales claras de sus trágicas decisiones. Sin embargo, el animal humano, sigue enviando gases tóxicos a la atmósfera y envenenando los aires. Y las aves caen abatidas y se cierran las voluntades de los dioses. Y el hombre muere ya poco a poco, pero sin remedio a la vista. Nunca se pensó en una humanidad más corrompida ni más criminalmente indiferente. No es por crear ficticiamente un estado de terror para conseguir corregimientos en el comportamiento de ser humano; se trata de que los responsables de la vida del mundo, parecen tomar la amenaza como una historieta cómica para cubrir un tiempo de ocio. Y no es así. Seriamente, responsablemente, con todas las de la ley o sin ellas, declaramos la guerra a la guerra, la vida a los vivos dominadores. La verdad tremenda a la ficción, a la mentira, a la novelería con famosas hábilmente desnudas. Los ríos se desecan, los mares cubren las tierras del pan, los volcanes vomitan fuego y destrucción y de nuestros mecanismos de explotación -automóviles, fábricas de muerte y cientifismos enderezados al sujuzgamiento de los demás- se están manifestando de un modo ya nada cauteloso. ¡Nos estamos destruyendo! No sabemos exactamente cuanto tiempo se nos concede todavía para una supervivencia tolerable y digna, pero es motivo de grave preocupación, advertir cómo los Estados declinan responsabilidades y se preparan para morir. La guerra de los mundos ya ha dado comienzo. ¡Que Dios nos coja, al menos, confesados!... Joan Maragall, en su Himno Ibérico, ya advertía: Sola en medio de los campos,/ tierra adentro, ancha es Castilla. Y está triste. Sólo ella no ve los mares lejanos. ¡Habladla del mar, hermanos!