LA GAVETA
La vida laica
MUCHOS clérigos católicos no quieren que en España se imparta la asignatura denominada «Educación para la Ciudadanía». No quieren, se enfadan; se enervan y desesperan. Gritan, claman, y aunque no juran, sí lamentan y se consternan. Andan como locos y usan a mansalva todos esos altavoces que tienen. Y a mí me hace mucha gracia observar el enojo de tantos canónicos demudados, de tantos obispos dolientes, de diversos cardenales compungidos. Pero conste que es una gracia pacífica, cristiana incluso, nada maléfica. Lo aseguro. Es más que nada asombro. De cuando en cuando leo algo sobre el particular, escucho. Y hasta he conocido que una persona honorable y sabia, que tanto bien ha hecho y hace a la sociedad a través de sus libros de ensayo -me refiero al profesor José Antonio Marina- es denostado por la jerarquía más radical como si se tratara de una especie de Lucifer de Toledo. Con residencia en Madrid. Un administrador apostólico del mal. ¿Y por qué este gigantesco disgusto eclesiástico? ¿Por qué ese llanto grande al que nunca dejan de incorporarse, con alborozado dolor, los circunspectos y a menudo meapilas dirigentes de las asociaciones de padres de alumnos confesionales? ¿Por qué esas diatribas radiofónicas a las que también parecen unirse catedráticos que antaño hicieron gala de su anarquismo -¡ja¡-, unidos a jovenzuelos ambiciosos y carcas, y a otros untuosos turiferarios del fru-frú de las sotanas más conservadoras? No entiendo sus razones, sus catastrofismos. Y lo que sí entiendo es la necesidad de una asignatura que ilumine a nuestros jóvenes en la fe democrática; que los lleve por el buen camino de las virtudes de la tolerancia y la responsabilidad, y que los vivifique y ensalce en el fuego de la convivencia, de la solidaridad, del sentido del humor, de la ironía imprescindible, de la apertura al mundo y al amor, a la libertad y al respeto. He visto algunas páginas de los libros propuestos para ser estudiados por los jóvenes de España, y me parecen muy mesurados. Razonables, oportunos, benefactores. Trufados de consejos muy pertinentes y constitucionales. Y, por todo ello, cada vez comprendo menos el rigor de la clerecía enfurruñada. Hablaré un poco de mí, con perdón. Para contar cosas que me dijeron en un internado religioso. No lo digo a título de venganza: tengo gran cariño por aquellos años no lejos del río Órbigo. Y por la inmensa mayoría de mis profesores, a los que mucho les debo. Profesores que casi todos eran clérigos. Gente de bien. Pero alguno que otro pertenecía a la grey de los destarifados, dicho sea utilizando un adjetivo cutre que se usa mucho en Valencia. Gente destarifada. Como aquel hombre de Dios que nos recomendaba ducharnos con esponja. Porque, según él, y textualmente, si utilizábamos las manos, podíamos levantarnos la piel en determinadas partes de nuestro cuerpo que eran muy sensibles y producirnos así espantosas hemorragias. Lo que provocó en mí el pánico cada vez que tenía que enjabonarme los testículos, pues estaba a punto de saltar la sangre y quien sabe si la muerte o el diablo, o los dos juntos. Y también recuerdo que no se podía pasar más de diez segundos en el seno de los siempre confortables malos pensamientos porque el segundo once nos conduciría a toda una eternidad de torturas y martirios. Podía narrar muchos otros hechos parecidos. Delirantes, tragicómicos, ridículos. Y no dudo que, si las circunstancias lo propiciaran, buena parte de los altos clérigos que ahora braman contra la Educación para la Ciudadanía tratarían de reconducir las cosas a aquellos tiempos, a aquellos dislates y represiones diversas; a aquellas esponjas. No lo dudo.