LITURGIA DOMINICAL
Señor, enséñanos a orar
El libro del Génesis nos presenta a Abrahán en diálogo de amistad con Dios, como aquel que regatea ante quien tiene más poder que él, intentando beneficiar a un tercero. Aunque parecería que a él ni le va ni le viene, el patriarca se muestra solidario con los pecadores intercediendo por ellos ante Dios. Y se vale de la bondad de los justos, que, aunque pocos, podrán salvar a los injustos, aunque sean muchos. Y con la tenacidad del comerciante oriental que regatea, intentando bajar más y más el precio a pagar, Abrahán presenta a los buenos ante su amigo Dios, para que éste olvide la culpa de los malos y los perdone. Este regateo ha llegado a su culminación cuando uno solo, Jesucristo, se ha puesto para compensar la balanza de todos los demás, de la humanidad entera pecadora. Uno, el justo, clavado en la cruz, perdonó los pecados de todos. Así lo expresa san Pablo en la segunda lectura. He ahí dos características propias de la oración cristiana: la intercesión desinteresada, que busca más el bien ajeno que el propio; y la insistencia de quien confía en la bondad del amigo, y no se cansa de aburrirle con su petición. Los que queramos aprender a orar, hemos de imitar el desinterés de Abrahán que intercedía en favor de los habitantes de Sodoma y de Gomorra, a pesar de que nada tenía que perder él. Y su insistencia que no le dejaba rendirse en su petición machacona, confiando en la bondad de su interlocutor, el Señor. El amigo acude a su amigo en favor de un tercero. Este dato es importante a la hora de interpretar esta frase: «Pedid y se os dará». La insistencia en acudir al Padre deberá tener en cuenta el beneficio de los demás. Pero reconociendo que la oración de petición no es una especie de recurso mágico a través del cual podemos ver cumplidos nuestros deseos, del tipo que sean. Lo expresaba gráficamente san Agustín, cuando afirmaba que «Dios llena los corazones, no los bolsillos». Jesús no dice que si le pedimos un pan, se nos va a conceder el pan deseado; lo que nos dice es que no vamos a recibir una piedra. Tampoco dice que el que pide un pescado o un huevo, lo que va a recibir sea lo solicitado, pero afirma claramente que no va a recibir una serpiente o un escorpión. Y su mensaje queda claro en sus últimas palabras: «¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!». La oración de petición no tiene nada que ver con el regateo comercial, insinuado por el texto de Abrahán, sino que debe situarse en un nivel distinto. Lo expresaba espléndidamente el mismo san Agustín: «El hombre no ora para orientar a Dios, sino para orientarse a sí mismo». El fin de la oración no es el de Abrahán -decirle a Dios qué es lo que tiene que hacer-, sino el conocer qué es lo que nosotros debemos realizar. Hoy es buen día para aprender a orar. Quizá podríamos hacer una experiencia interesante. Ésta: haciendo un alto en nuestra costumbre, decir pausadamente el Padrenuestro, pensar en lo que decimos, detenernos en cada una de sus peticiones, saborear sus frases e intentar que esta experiencia nos impida, en lo sucesivo, repetirlo como si fuéramos cotorras..