LITURGIA DOMINICAL

Donde tu tesoro, allí tu corazón

Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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SE pueden tener muchas cosas y estar vacío por dentro. Se puede ser humanamente rico y espiritualmente pobre. El egoísmo de acumular y llenar bien los propios graneros nos puede dejar vacíos ante Dios. En el evangelio de este domingo Jesús utiliza un lenguaje parecido al de los antiguos sabios de Israel, al condenar la voluntad explícita de querer solamente almacenar para uno mismo, olvidándose de lo fundamental: la urgencia y necesidad de ser rico ante Dios. Es oportuno volver a recordar que el ideal, el sueño dorado del hombre, no debe ser la posesión y acumulación de los bienes de la tierra. «Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Hay un hecho muy importante: el hombre al morir no puede llevarse ninguno de sus bienes materiales. La enseñanza de Jesús es que descubramos a la luz del Evangelio la postura que debemos asumir ante la riqueza, sea mucho o poco lo que tengamos en posesión. Todos deseamos ser felices, todos queremos vivir bien. También lo quiere Dios: que a sus hijos no les falte lo necesario. Es sumamente importante tener las ideas claras y saber interpretar correctamente la Palabra de Dios; el bienestar no es una aspiración despreciable, con tal que no se realice a costa de otros valores superiores: libertad de espíritu; disponibilidad, apertura y confianza ante Dios de quien hemos de esperar la salvación; sentido de responsabilidad social, compartir con los que no tienen; respeto a los derechos de los demás, especialmente de los más pobres. El evangelista Lucas no condena a los ricos por ser ricos: el dinero ni es bueno ni es malo, como la electricidad. Solamente el uso que se haga de él puede ser bueno o malo. Ahora bien: la equivocación del rico insensato está en servirse de sus riquezas como si estuviera él solo sobre la tierra. El rico es insensato, porque piensa que ha sido él solo por sí mismo quien adquirió las riquezas, como si no hubiera heredado nada de sus padres, como si no hubiera recibido nada a causa del trabajo de sus obreros. Él es el único. Por esto, hoy se necesita con mayor urgencia proclamar las palabras de Jesús: «La vida no está en los bienes». La vida tiene valor en sí misma. Es un Don al que todos los seres humanos tienen derecho. Nuestro trabajo no puede ser únicamente la acumulación inconsciente e innecesaria de cosas, de dinero, de placeres. Nuestro trabajo debe ser humanizado. No puede estar en función del éxito comercial sino del crecimiento como personas. No puede ser sólo un mecanismo de supervivencia, sino, ante todo, un lugar de realización de un proyecto de vida orientado completamente a alcanzar la plenitud del ser humano a los ojos de Dios.

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