QUERIDO MUNDO
Defensa de nuestra civilización
LA CIVILIZACIÓN occidental no es la causante de todos los males del mundo actual. Es conveniente recordarlo en estos momentos de fuerte y lógica autocrítica ante lo que está ocurriendo en Irak, en todo Oriente Medio y en otras partes del planeta. Carece de sentido la demolición generalizada que parecen pretender algunas elites intelectuales antisistema. Los propios comunistas de comienzos del siglo XX consideraban un «extremismo infantil» esta actitud. La civilización occidental es un magnífico logro que nutre y alimenta a otras civilizaciones con frecuencia más antiguas pero hoy menos desarrolladas, al menos en los ámbitos económico, científico-tecnológico y político. La estupidez de culpar a Occidente de su propia prosperidad se juzga por sí misma. Los japoneses descubrieron en su día -y por sí solos- que había mucho que copiar del modelo occidental de desarrollo si querían incorporarse al progreso, y copiaron con tanto éxito que en muchos aspectos nos han superado. China ha emprendido no hace mucho la misma senda y los resultados son extraordinariamente llamativos. Y ni Japón ni China se dedican a descalificar la civilización occidental, que no es, por otra parte, de obligada observancia. Curiosamente las críticas más radicales y devastadoras surgen desde dentro, a veces con el noble afán de mejorarla o limitar sus excesos, pero en otros casos con una perversa e insana inclinación autodestructiva. La grandeza de la civilización occidental es que ha incorporado la crítica (incluida la más demoledora) a su propia evolución. Quizá por ello sus destructores no encuentran fácil su labor descalificadora. No cabe tildarla tan solo de capitalista, porque cineastas como Oliver Stone, Michael Moore o Pedro Almodóvar no cabrían en tal definición. Como no cabrían Chomsky, Updike o Goytisolo. Sin embargo, todos ellos pertenecen a la misma civilización y desde ella han desarrollado su pensamiento crítico. Tampoco cabe identificar nuestra civilización con el imperio estadounidense. No tendría sentido repudiar a Platón, a Descartes o a Cervantes porque uno rechace a Bush. ¿Acaso nunca han pensado esos denodados críticos que ellos son la mejor prueba de la fortaleza de nuestra civilización?