Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

¿Jóvenes rebeldes?... No

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VICTORIANO CRÉMER
León

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EFECTIVAMENTE, lo que damos por jóvenes rebeldes, lo que por gracia de la naturaleza conocimos la generación de los tales y cuales Jóvenes Rebeldes, a los cuales todavía se les señala como autores de una situación cultural y política que conmovió al mundo, sí que podemos declarar que los núcleos jóvenes que están apareciendo insistentemente entre la maleza de la selva no son rebeldes, simplemente, o no tan simplemente son chicos mal educados, malbaratados por la circunstancia y ya en el declive peligroso del crimen. Desde hace un tiempo tremendamente significativo, los hijos matan a sus padres, las muchachas abandonan la casa familiar y terminan enterradas en parajes de increíble soledad. La última desventura que se ha incorporado al capítulo de sucesos es la de ese muchacho que después de asesinar a su padre porque éste, según la denuncia del hijo, había matado a la hija propia y hermana del homicida posterior. Situación análoga o muy parecida al de ese malogrado chico de Burgos, al cual también le dio (no está suficientemente probado según algunos) por asesinar a toda la familia; o ya, sin elevar al dramatismo más negro los sucesos, esa madre que acude a la policía para que la libre de una hija, a la cual le da por sublevarse contra la autoridad materna, aunque sea para aproximarla al fregadero, forman un cuadro tan espeluznante y significativo que obliga a la sociedad juvenil a desgajarse de trágalas, de barbarismos, de cursilerías teñidas de sangre y desamparo, para entrar por la senda de la normalidad. Nadie dice que se establezcan leyes coercitivas para atajar impulsos desviados, sino que adviertan que con su talante reñidor, que con su decisiva posición belicosa frente a los padres y a la greña con la sociedad, no resuelven ninguno de los problemas que, sin duda, envuelven su biografía. La vida no ofrece demasiados motivos de atención y de coexistencia. Pero no son los padres los responsables únicos, aunque sí, y a esto ha de llegarse, los que primero pecan. Los padres, no se sabe por qué principios éticos o sociales, descuidan el cuidado intelectual y moral de los hijos. La calle es la escuela abierta que a los jóvenes les lleva a romper los vínculos que un día fueron sagrados. Y los padres mueren a manos de los hijos, y las hijas son desviadas hacia la sombre. No son chicos rebeldes, sino muchachos desairados, mal educados y abandonados por las familias responsables a su aparatoso o tumultuoso albedrío que les lleva al final, cuando ya no hay remedio, a la droga y al crimen. España está pasando por una de las situaciones más canallescas de su historia y convendría que los responsables, en lugar de entregarse a ensayar felicidades vacías, impongan en las familias la norma de la buena educación. ¡Con eso basta! Pero ¿quién pone la educación al gato? ¿La Conferencia Episcopal? ¿El Ministerio de Educación y Ciencia?

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