Diario de León

LITURGIA DOMINICAL

Dios y nuestros esfuerzos

Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Nos cuesta aceptar a Dios como Dios. Como misterio incomprensible al que adorar respetuosamente. Preferiríamos poder manejar a Dios. Nos gustaría más un Dios hecho a imagen y semejanza nuestra, mezclado enteramente en nuestros asuntos, para tenerlo a mano y conjurar así todos los males y sembrar profusamente de suerte nuestro camino. Así no sufriríamos ningún accidente desgraciado, ni granizaría en nuestros campos, y tendríamos el tiempo atmosférico que deseáramos cualquier fin de semana. Pero Dios es Dios. Es soberanamente libre. Y nos quiere totalmente libres. Sin paternalismos. El no arreglará el cáncer, si la ciencia no investiga. No asegurará contra el mal tiempo nuestras cosechas, si nosotros no arbitramos unas fórmulas convenientes para este problema. No evitará un accidente automovilístico -por más que ponga yo a San Cristóbal junto al volante-, si yo o el conductor contrario conducimos imprudentemente. No, Dios no es un parche para nuestras debilidades o limitaciones. Nos ha hecho responsables de buena parte de la vida y quiere que nos vayamos haciendo cargo de todos esos otros cabos sueltos -como el cáncer- que todavía no podemos dominar. La salvación siempre supone esfuerzo, decisión, conversión continua. El Reino que se nos promete es para los valientes, animosos y alentados. Para salvarse no basta con estar inscrito en el registro parroquial, ni haber entrado una vez a la Iglesia por medio del bautismo, sin querer entrar todos los días por la puerta estrecha de la fidelidad al mensaje evangélico y del compromiso personal. Las puertas de la gracia se abren de par en par, pero son estrechas, pues la oferta de perdón y salvación supone y exige adelgazar en nuestra cobardía y egoísmo. Nuestro verdadero salvoconducto o pasaporte no es aquel que dice «católico de toda la vida» ó «bautizado de niño», sino la hoja de servicios de cada día, que con borrones testimonia nuestra actitud personal de conversión y esfuerzo por superar el pecado. Lo más consolador del evangelio de este domingo es que «los últimos serán los primeros». No hay lugar para el desánimo. Tenemos puesto reservado para sentarnos a la mesa en el Reino de Dios, si practicamos la bondad. Lo que importa es avanzar por el camino estrecho que nos lleva a la salvación. Jesús no respondió a la cuestión de si serán muchos o pocos los que se salvarán. Y ello nos enseña que no está ahí nuestro problema. Jesús se niega siempre a responder a cuestiones como cuándo se terminará el mundo, cómo será el cielo, etc. Jesucristo no contesta, porque su interés está en hablarnos del ahora y no del después. Lo que Jesús dijo es muy sencillo: si queréis participar de la plenitud de vida que el Padre quiere para todos vosotros, empezad a vivirla ahora. Lo que no vale es pretender comulgar después con esta plenitud de vida y no intentar hacerlo ahora, a través del esfuerzo, a menudo difícil para los pecadores que todos somos, por seguir la voluntad del Padre. Éste es nuestro problema. Lo que debemos hacer ahora, no lo que será después. Y ésta debe ser también nuestra oración, la de quienes nos sentamos ahora en la mesa de Cristo con el anhelo de sentarnos en la mesa del Reino: una oración que nos ayude a vivir ahora en comunión con su voluntad, para participar después de su eterna plenitud de vida.

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