El paisanaje
Agosto, frío en el rostro
VUELVEN poco morenos los veraneantes este año mientras que los que quedamos aquí en agosto estamos negros de no ver el sol. Según los más viejos del lugar nunca se había visto un calentamiento global tan frío, ni siquiera en vida de Mariano Medina, el hombre del tiempo al que las isobaras del anticiclón de las Azores se le cruzaban en el mapa hasta Siberia. Hay gente que le echa la culpa de todo al cambio climático y al PP, como la ministra de Medio Ambiente, señora Narbona, que había pronosticado el gran calentón del planeta junto con el ex vicepresidente gringo Al Gore, cuyas extravagantes teorías probablemente tienen como única base científica probada el binomio Clinton-Lewinski. Sin necesidad de recurrir a la Nasa ya el Calendario Zaragozano anunciaba en enero de este año que no iba a haber verano. Quien no se lo crea o lo tome a coña, y esto va en serio, responde un servidor con su palabra, puede consultarlo todavía en Internet, donde, modernos que son los maños, se vende por el módico precio de 1,2 euros el almanaque y 3,5 el de pared, más gastos de envío. Avalan las predicciones los herederos de su primer editor allá por 1840, Mariano Castillo y Ocsiero, que siguen forrándose y acertanto más que los meteorólogos de vanguardia y nómina oficial. Sin llegar a los Monegros baturricos, proverbial desierto de heladas y calores, la ministra podía haberse asesorado aquí mismo. «En agosto, frío en el rostro», dice el refranero de toda la vida, a lo que suele añadirse que el clima de León sólo es bueno para los bueyes y algún que otro canónigo, con dos estaciones, a saber: el invierno y la de Renfe, por mucho que Zapatero prometa ahora la del AVE. No se lo creen ni las cigüeñas, que se han pirado ya todas hasta la próxima primavera con la cabeza a pájaros. Los tomates y las uvas no maduran, los topillos y las topillas se arriman en los páramos para darse calor, con las consecuencias que han descrito sobradamente los periódicos, y las promesas del Gobierno nos han dejado helados a los últimos capullos que seguíamos creyendo en ellas y pedimos un crédito al banco para el aire acondicionado a cuenta de lo que, según Narbona, íbamos a ahorrar en invierno por calefacción. Esto nos pasa por votar a quien usted ya sabe. Yendo al grano, como diría un topillo con sentido común y partidario de la planificación familiar, nada de los 2.500 euros que son pan para hoy y hambre para mañana, lo del calentamiento global que tanto ama la ministra se ha quedado en un fugaz enamoramiento veraniego, ni siquiera a lo Chanquete. Se acabaron las reposiciones y todo lo que queda hoy del cálido agujero de la capa de ozono y del Protocolo de Kioto es, como dicen los poetas líricos clásicos cuando están sobrios, «un estado de imbecilidad transitorio». Una constante del ser humano, en general, y de los políticos, en particular, es acabar creyéndose las propias mentiras. En el caso del paisano presidente Zapatero debe de ser deformación profesional, porque quería acabar las vacaciones con la solana y el aire montaraz de un pueblín asturiano (Oscos), huyendo de la humedad onubense de Doñana y ha tenido que hacer acopio de paraguas. Yo que él dimitiría a la Narbona o, en su defecto, al jefe de estación de Oviedo -la ministra Magdalena, de Fomento, es intocable- por no avisar del tiempo que hacía allí. Parece mentira en un cazurro como nosotros, que siempre llamamos a las cuñadas del otro lado del Pajares antes de coger el Alsa y revolcarnos en la gijonesa playa del Tostadeiro , que, con lo que llueve, a saber por qué la llaman así. A la hora de escribir estas líneas los periódicos publican que ha fallecido el tiburón gris de Tarragona, famoso por acojonar él solo decenas de playas que se quedaron sin bañistas. Igualico que la Narbona, aunque tenía menos peligro y calado. Al parecer el pobre bicho, que medía metro y medio, como la ministra, pero pesaba apenas lo que un congrio, cabotaba por allí con un anzuelo en la boca que se le había infectado, así que, tras la necropsia, los ecologistas han concluido que, o bien se había vuelto vegetariano y comedor de algas, o bien buscaba un dentista. Le echaban también la culpa de su presencia a la calentura del agua, como si fuera un jubileta de León con reúma por cuenta del Inserso en temporada baja. Está descartado. Así que descanse en paz la ministra. Por cierto que, si Narbona quiere desmentir todo lo anteriormente dicho, queda retada a presentarse aquí en bikini, como la Obregón, para posar de foto en las piscinas municipales, porque no tenemos playa. Iba a lucir la color morena clara de una sueca de cuando Manuel Fraga era ministro de Información y Turismo. Y ya ha llovido. Lo dicho: la culpa es del PP.