CRÉMER CONTRA CRÉMER
Luciano Pavarotti dejó de cantar
TENÍA 72 AÑOS Y TODA la música metida en el alma. Cantaba para vivir o si se prefiere vivía para cantar. Era una enorme caja de música que emitía emociones y que se abría de vez en cuando para que los humanos, enfrascados en pleitos de menor cuantía, cesaran de producir ruidos y dedicaran un tiempo a la música, que no es tan solo el arte de dominar los sonidos y el tiempo, sino la única forma física que el hombre tiene para desafiar la naturaleza de los ángeles. Sucedía hasta su llegada a este mundo, que los seres humanos habían confundido y tergiversado la naturaleza de la música verdadera y se había entregado a la proclamación de la herejía. Se estaba confundiendo la expresión musical con el alboroto, la distorsión y la parodia. Con alguna porción de la razón que nos es permitida, pudo decir Napoleón aquello tan conocido de que «la música es el menos molesto de los ruidos». Porque el corso estaba dominado por la música estruendosa de la pólvora, de la guerra y no le quedaba ni tiempo ni sensibilidad para percibir esa delicada, íntima, apasionante forma de entender los sentimientos. Las juventudes, en vez de aceptar la doctrina -la música, en resumidas formas, no es sino una doctrina que intenta hablarnos desde el alma, cuando el alma existe-, aparecían en grandes manadas de seres vociferantes, que se dejaban invadir por las extorsiones de una cierta forma de entender la música y se apresuraban a justificar su alejamiento de la invitación musical verdadera, quien sabe si para no pensar, para no sentir. El astro de Ravena, el Pavarotti universal, no había nacido tan hecho y derecho, tan pulido y singular que no necesitara seguir cursos ni atender a voces magistrales. Durante años se entregó a estudiar y penetrar en el asombroso fenómeno de la música, hasta que llegó a dominarle de modo tan absoluto que desde su culminación, pudo convertirse en el portador de los sonidos y del tiempo. Y concibió la idea de transmitir su mensaje musical a todos cuantos le rodeaban: a sus gentes, a sus vecinos, a sus próximos. Porque entendía que no cabía aceptar que los diones hubieran sancionado aquella gloria del hombre entre los demás hombres sin que se les concediera oportunidad de gozar de sus delicias. Y se lanzó a extender la seducción del cántico. Y consiguió dominar todos los recursos hasta poder proclamarse rey absoluto de la voz humana en función de gran anunciador de una nueva forma de ser, de amar y de sentir la libertad. Porque hasta que la música no impuso su norma, la libertad no existió. El hombre canta cuando algo se le rompe en el alma, cuando se siente perdido en el silencio. Pavarotti era el gran evangelista de la novísima doctrina que salva. Y al cabo de un tiempo de dolor (porque no hay gloria sin dolor) se le acabaron las resistencias y comprendió que su misión había acabado. Y el mundo se quedó mudo. «Una de las ventajas que el hombre tiene para ser feliz, es que puede escuchar música cuando el mundo se empeña en vociferar».