Diario de León
Pedro García Trapiello

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SILVERIO Tirador, «Lin», me enseñó derecho romano de tal modo que me parecía siempre una trepidante novela de tribunales y costumbres donde se detallaba la peripecia de los días y el sentido de justicia que aún late en los ordenamientos jurídicos occidentales. Silverio fue un tipo franco, grande y vital, hablador con tino y seso, jurista fino. También de otros juriconsultos de esta plaza guardo muy buenos recuerdos docentes o personales (y no menos instructivos), pero no son demasiados, tenida cuenta que este oficio en León acaba tan empantanado en pleitos de tapia medianera, litigios vecinales y quebrantos de tendero, que malamente hay oportunidad para dar brillo y agudeza a las actuaciones procesales de estrado o de esas sentencias que nacen con ganas de doctrina. A Silverio le apasionaba el latido de genuina justicia que inspiró al derecho romano y que aún respira en los fundamentos de nuestros códigos... cosa que se cifra en tantas expresiones latinas que de corrido se siguen invocando en procesos o consideraciones para redondear las precisiones jurídicas. Pero la principal y la que en jamás de los jamases se apeará de la mollera de quien la aprende es la vieja «tria iuris paecepta» (los tres preceptos de derecho), la trinidad que ha de inspirar y confirmar cualquier legislación: «honeste vívere, alterum non laédere, ius suum quique tribúere» (los acentos son míos, que en latín no existen), esto es: «vivir honestamente, no hacer daño al otro y dar a cada uno lo suyo». Quien ande enredado en polémicas y zarzas de la ley de Memoria Histórica quizá resolviera sus dudas o furias aplicando esta máxima... «suum quique», a cada uno lo suyo, y ya está. Todo esto vino porque de nuevo vi por la calle esa camiseta brasileira, de la que ya te hablé, que lleva estampado en fosforito sobre negro todo un lema que sólo un necio tarugo no suscribiría: «Fe, honestidade, luta, esperança y respeito». Dándolas todas por entendidas y obligadas, me quedo sin embargo con lo del respeto, eso que hoy no se predica o se estila: «un respeto, oiga», se decía, no pise usted, no avasalle, calma, respete usted la mano, no escupa, espere turno, no emburries rapaz, tate ahí, no jodas, no amueles, no metas mano a lo que no es tuyo, no grites, no invadas, no acoses, no encizañes... y cuelga tus huevos en el perchero.

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