EL AULLIDO
Tras quince años de mujeres injustas
TODOS ALGUNA VEZ, mientras caminábamos por la calle, hemos mirado a un autobús parado esperando a que el disco verde del semáforo se ilumine, y entonces la hemos visto. Todos nos hemos fijado en esa mujer de ojos imantados; ésa de belleza justiciera sentada junto a la ventanilla que de repente nos mira. La miramos. Dura sólo un instante el encuentro visual -nuestros ojos y los suyos a través del cristal- y luego el autobús se va junto a eso que podría haber sido; junto a un sueño que también se va. Todos llevamos dentro este argumento de cuento para que pueda consolarnos de las contrariedades cotidianas. Reconforta saber que por ahí, viajando en un autobús de línea, existe otra oportunidad. Que todo pudo haber cambiado desde entonces y, de hecho, cualquier día podría ser distinto. Acaso mañana vuelva el autobús, y en ese mismo momento lo dejaremos todo e impulsivamente echaremos a correr hacia la puerta. Probablemente entonces el conductor, un hombre con la cara estropeada por unos quince años de mujeres injustas, advierta el hastío en nuestros ojos. Probablemente se dé cuenta de que el aburrimiento nos impulsa a agarrarnos ya sólo a lo que arde. Y abrirá la puerta. Y nos sentaremos al lado de ella. Y cambiaremos de vida. Vivir tiene su rutina y sus autobuses con hermosas desconocidas. Por eso en el día a día los cuentos no tienen que ver sólo con la evasión; más bien están emparentados con los sueños, claro, pues no hace falta compartir la cama para compartir los sueños. Oh, casi no puedo creer que hoy yo haya hecho precisamente eso; que me haya puesto a correr hasta que, en el paso de cebra, el conductor se ha apiadado de mi acto desesperado y me ha abierto la puerta. Te he mirado entonces con complicidad mientras avanzaba por el pasillo -aunque tú fingías indiferencia- y me he sentado a tu lado, sí. Llevamos ya diez minutos así, juntos y distantes, pues la verdad es que no acabo de atreverme a hablar contigo ya que corro el riesgo de estropearlo todo. Además me parece sospechoso el hecho de que sobresalga de tu bolso la mitad superior de un ejemplar de la revista Pronto, y que lleves puesto una especie de disfraz de discoteca, y que estés maquillada con efectos de letrero de neón, y que, por cierto, sigas mirando por la ventanilla a tipos desconocidos como haciendo caso omiso al hecho de que hoy he venido, y me he sentado junto a ti. Supongo que la imaginación alumbra y a la vez deslumbra. O supongo que no me has reconocido sin esa chupa de cuero sin la que no soy nadie. O tal vez me equivoqué al subirme a este autobús pues debiera haberme bastado con saber que existe, y que lo conduce un hombre que lleva el desamor como un bajorrelieve en la cara, y que al hacer su recorrido de parada en parada pasa junto a mí de vez en cuando como la buena suerte, y que en él, sentada sola, siempre hay alguien como tú pero no tú. Me bajaré en la próxima ahora que aún no hemos hablado, que no nos hemos conocido, y seguiré con mi vida de siempre por si acaso, sí. Pero no pienso renunciar a la imaginación. Y por eso seguiré mirando a las ventanillas de los autobuses hasta toparme otra vez con unos ojos imantados. Los dejaré marchar sin olvidarlos y me agarraré entonces a la posibilidad que yo me invente. De hecho pensaré que todo podría haber sido de otra forma si hubiera echado a correr tras el autobús y perseguido así a la portadora de los ojos opiáceos; la mujer de mi vida paralela. El acto heroico y patético de usar el transporte público ahora me parece una epopeya. Y ya no me cabe duda de que todos alguna vez, en plena calle, hemos mirado a un autobús detenido esperando a que el disco del semáforo se ponga en verde, y entonces la hemos visto. Siempre el argumento de este cuento ha estado en la imaginación de alguien. Por eso, en el nombre de todos los soñadores, yo hoy lo escribo.