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HAY muertos; y muertos. En el cementerio de Manila no se pilla el silencio de la muerte ni de noche ni de coña porque allí viven cientos de filipinos con familias, crianzas, cazuelas, calderos y ropa tendida. En su vida perra no han encontrado mejor cobijo y alojamiento que nichos o panteones. El alcalde Alfredo Lim mandó a los guris municipales y a la poli a que les desalojaran para que el día de los Santos quedara despejado aquel «santo malvar» y no se encontraran las familias visitantes con estas injurias a sus sepultados. En fin, llamémosle blanquear el sepulcro de la hipocresía, porque en cuanto pasen las flores de plástico y las lágrimas de cocodrilo, volverá ese cementerio a ser alojamiento de cientos de sintecho y del arroyo. Tengo delante ocho fotos de la agencia Reuters que muestran la vida de estas gentes entre tumbas: niños con su escudilla comiendo entre lápidas o jugando con una cometa desde lo alto de una cruz fúnebre con pedazo de Cristo marmolero de gesto quebrantado... en otra, un tipo flaco y viejo engrasa su bicicleta ante dos sepulcros donde se lee «Felisa So, 1988» y «Adolfo Pornillosa So, 2006», como quien dice, muerto caliente aún (dominan en Filipinas viejos nombres españoles o cristianos)... en otra se ven verjas convertidas en tendederos, calderos al pie, trapos por el suelo, porquería sembrada... llama la atención la de una mujer dentro de un panteón compartiendo vida con dos grandes sarcófagos y una Virgen Dolorosa en piedra, cabiéndole allí, amén de colchonetas, un televisor, un ventilador, toda una cadena de sonido, sacos, cajas, menages (a trois) y aún le sobra sitio, con lo que, dentro de los ocupas del cementerio, parece una privilegiada (todavía me pregunto de dónde sacará la corriente para alimentar tanto aparato)... pero la foto que más me conmovió muestra a un crío de pocos años ante un nicho que parece profanado, en cuclillas sobre trapos y maderas rotas, mostrando en su mano una calavera no del todo mondada. Al chaval no le espantan ni el sitio ni los huesos, como si estuviera tarareando un divertido Rascayú. Me pregunté quién estaría más muerto de los dos, porque vivir entre los muertos es como haber perdido ya la última esperanza, como pedir plaza entre los difuntos para así pillar sitio y ahorrarse más trámites y acarreos.

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