El buque zarpó el 11 de noviembre de Ushuaia, en Argentina, y se dirigía a las islas Shetland del Sur
El choque de un crucero con un iceberg reflotó el fantasma del «Titanic» Mar inhóspito Los náufragos pagaron 6.000 euros por un viaje de 15 días
Los 154 ocupantes fueron rescatados sin incidentes y sólo dos resultaron con hipotermia leve
El crucero «Explorer», de bandera liberiana, naufragó ayer en el océano Antártico
«Yo estaba en el bar con otros viajeros. Era medianoche, se sentían los golpes del hielo contra el barco, pero parecía algo normal porque estábamos desplazándonos entre témpanos. Pero de repente la gente comenzó a subir mojada de las cabinas gritando ¡'hay agua'!», relató este viernes Andrea Salas, una tripulante argentina rescatada del buque que chocó contra un iceberg y naufragó en la Antártida. Fue una historia muy parecida a la del Titanic , el majestuoso crucero inglés que se hundió en 1912 llegando a Estados Unidos, sólo que esta vez tuvo un final feliz. Del total de 154 ocupantes, hubo apenas dos que padecieron una hipotermia leve. Sin embargo, la angustia vivida durante casi cuatro horas en los botes salvavidas con un oleaje agresivo y un frío helado será un recuerdo imborrable para todos. «Había viento, hacía mucho frío y el oleaje nos mojaba», contó Salas. El accidente fue protagonizado por el buque M/S Explorer , construido en Finlandia y operado por la firma turística canadiense GAP Adventures. En el buque viajaban 91 pasajeros, 9 acompañantes del operador turístico y 54 tripulantes. Entre los pasajeros hay 10 australianos, 2 belgas, 23 británicos, 10 canadienses, 1 chino, 3 daneses, 17 holandeses, 1 francés, 1 alemán, 2 hongkoneses, 3 irlandeses, 1 japonés, 4 suizos y 13 estadounidenses, indicó un portavoz de G.A.P. Adventures. Habían zapado el 11 de noviembre de Ushuaia, capital de la provincia argentina de Tierra del Fuego, hacia las islas Shetland del Sur, un archipiélago que está al norte de la Península Antártica y 1.000 kilómetros al sur del continente. Se proponía volver el lunes 26, pero no podrá ser. La pesadilla La pesadilla comenzó en la madrugada del viernes. La nave, de bandera liberiana, se movía con elegancia en el mar helado y la luz del día se negaba a despedirse. Al sur del paralelo 60, casi no existe la noche cerrada en el verano. De repente, un golpe pareció más fuerte que los anteriores. El crucero había chocado con un iceberg que desafió a la nave, como ocurrió con el Titanic . Según la ejecutiva de GAP, Susan Hayes, el buque «golpeó un trozo de hielo de la isla King George y el impacto dejó al barco un agujero del tamaño de un puño». Fue entonces que los pasajeros que dormían en sus camarotes notaron que había agua bajo sus pies. «Enseguida nos informaron por el altavoz que el buque había chocado, pero que la situación estaba controlada», contó Salas. «No hubo pánico, pero notamos que el barco se inclinaba hacia la derecha y ahí tuvimos que evacuar inmediatamente», relató la mujer. «Por suerte no llovía ni nevaba. Estaba amaneciendo», añadió la pasajera. Los náufragos cogieron los botes neumáticos. A diferencia del Titani c, en el que murieron 1.500 personas por falta de suficientes salvavidas, aquí hubo lugar para todos. Pero la demora del rescate los hizo temer por su destino. «Fue lo peor, todo ese tiempo ahí en los botes, mojados, con frío, con ese oleaje, viendo que el barco se hundía», recordó la testigo en diálogo con una radioemisora. La alta frecuencia de viajeros en la Antártida en esta época del año permitió que el auxilio llegue relativamente pronto. Los pasajeros fueron recogidos por el crucero noruego Nord Norge cuatro horas después. Los nuevos tripulantes atendieron a los accidentados, de los cuáles dos tenían síntomas leves de hipotermia. De allí fueron trasladados a la base científica Frei, de Chile, donde un avión los llevará de regreso al continente, a la localidad de Punta Arenas, en el extremo sur chileno. Impacto ambiental A pesar de que no hubo que lamentar víctimas, los científicos de la Dirección Nacional del Antártico, un organismo científico y técnico dependiente de la cancillería argentina, manifestaron su preocupación por el impacto ambiental del naufragio en el mediano y largo plazo. El barco, que al cierre de esta edición se inclinaba en un ángulo que parecía crítico, portaba 185 toneladas de gas oil que podría derramarse con el hundimiento. El combustible es liviano y en su mayoría se evapora, pero el remanente es muy tóxico y soluble en agua. Los expertos temen que ese concentrado llegue a las costas de las islas, donde se expande una rica y frágil fauna. La Antártida es un continente de hielo de unos 14 millones de kilómetros cuadrados de superficie. Los vientos asumen una velocidad de 200 kilómetros por hora y la temperatura se ubica en 70 grados por debajo de cero. Sólo en las costas, donde se concentra la emblemática fauna de la región, la temperatura es más benigna, con mínimas de 30 grados bajo cero y vientos más amigables. La presencia humana se registra en un puñado de bases científicas administradas por países signatarios del Tratado Antártico, el acuerdo madre de protección internacional del continente destinado solo para usos pacíficos, no militares. Es como la nueva meca del viajero de alto poder adquisitivo que busca sorprenderse frente a paisajes exóticos e inexplorados, pero la Antártida no es buena anfitriona. Los turistas que querían vivir una aventura sin duda la tuvieron este viernes cuando el crucero que los trasladaba por el mar antártico se topó con un iceberg. Debieron evacuar la nave en botes salvavidas sobre el mar helado y enfurecido. Los náufragos habían pagado más de 6.000 euros «sin bebidas» por coger una de estas excursiones de 15 días entre los témpanos, avistando orcas, pingüinos de las más diversas familias, focas, elefantes marinos, cormoranes y otras variedades de fauna autóctona que solo se puede hallar en este confín del mundo. Los gastos no incluyen el coste de llegar al puerto de partida 2.800 kilómetros al sur de Buenos Aires. Admiradores de la naturaleza y el ambiente prístino de la Antártida, su viaje hizo daño a las aguas que bañan este desierto de hielo y alimentan su fauna. Según la Asociación Internacional de Operadores Turísticos a la Antártida el número de visitantes se multiplicó por cuatro en los últimos 10 años, y mucho más aún si se compara con los viajes que se realizaban en los años 70.