CRÉMER CONTRA CRÉMER
Todos somos memoria histórica
PARECE SER, SEGÚN los rumores que se extienden por la península Ibérica, que el fabuloso ceremonial de esos quinientos mártires de la fe a los que presta la Iglesia Católica y Apostólica y Romana su protección, pues parece ser que si esto se celebra es porque por otra parte -que es la parte amarga del pepino- los situados en la otra parte de la parte contratante, se empeña en promover la Gran Cruz de la Celebración de la Memoria Histórica, que en puridad consiste o a mí me parece que consiste en desenterrar el recuerdo, la memoria dramática de tantísimos -sin duda más que los mártires de la Cruzada tirados por las cunetas y las tierras perdidas de la patria-. En uno y en otro caso se produjeron motivos tan lastimosos que posiblemente la invención y legalización de una jornada de reivindicación y de recuperación de la dignidad que se les quitó a los unos y a los otros, está exigiendo que en lugar de partir de nuevo la dramática tarta de la pasión de España y encender velorios y bengalas por los unos y por los otros, cada uno en aquella parcela que presume que le corresponde, se celebre el ceremonial de la gran fraternidad de los hombres de buena voluntad y todos en un haz de dolorido sentir, acordemos llevar a cabo la gran misa por el alma y por los cuerpos de todos los que sufrieron las consecuencias de las iras de una patria en llamas. Porque todos somos hijos de la misma materia y necesitamos de su luz y de su música para el gran himno general de la España de todos. No las dos Españas de Machado, que no es si se quiere sino la memoria de los mártires laicos de la áspera y sangrienta España. Porque en este juego trágico de la diversidad de los mártires por la furia desencadenada en tiempos monstruosos, en este tiempo de la sangre, no cabe distinguir ni seleccionar muertos tuyos y míos sino el momento de encender la gran hoguera de la única verdad válida de la integración del espíritu patrio, de la unidad de la muerte, de tantísimo sacrificar al pie del gran bárbaro de la humanidad: la soberbia, la pobreza y la perfidia de la guerra interior de los pueblos. España es una; no tantas como se les pudiera antojar al hereje de cada momento, y conviene establecer las reglas de cooperación para que podamos establecer al programa de la libertad y de la limpieza de conciencia, frente a los encarnizados verdugos de la humanidad, para los cuales no existe otra forma de elevar el signo de la patria sino es eliminando a todo aquel que por alguna sin razón puede ser su negra sombra. Y no se puede hablar de unidad de destino, ni de sentimiento de la identidad nacional mientras no se apaguen todas las hogueras del rencor y se celebren los gloriosos jubileos de la libertad bien entendida, que no es ni será nunca plena mientras se estén celebrando en Madrid o en Roma actos por separado, de acuerdo con el entendimiento que cada bando mantenga, como testimonio de su condición. Esos quinientos mártires santificados en Roma y estos miles de vecinos abandonados en las cunetas son de la misma estirpe.