Diario de León
Pedro García Trapiello

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«PREFIERO los informes de un tabernero o un esquilador a los de un abogado o ingeniero», decía Ramón Carnicer, que ayer -con el elegante sigilo que en todo momento adornó su grandeza de corazón y pluma- dijo adiós a la vida de las luces y a la perra vida, en Barcelona, en su sitio, junto a los suyos, su mujer Doireann McDermott a su vera, lejos de la cuna villafranquina que meció sus balcuceos en 1912, y después de algún tiempo en el que la letra no le visitaba los ojos cansados y era su hijo quien tenía que leerle las cosas de interés o las misivas que le mandábamos. Carnicer escribía grande y hablaba como escribía. Dice mi hermano Andrés que es el mejor escritor de estos terruños y afirma también que era el que mejor hablaba con una oratoria de exquisita sencillez y riqueza, preñando de autoridad cada frase. Y ha muerto sin que le hayamos pagado echando algunas tardes a perros como prometí. Pero don Ramón, cuya biografía profesional y literaria apabulla (escritor, profesor, políglota, traductor, erudito viajero, director de crusos de extranjeros, infatigable conferenciante), vivía lejos de aquí y León, tantas veces en su norma madrastrona, le pagó con desdén o ingratitud y, aunque le hicieron honoris causa en esta universidad y en su tierra o en La Cabrera le han puesto nombre tardío a calles o colegios, en la última edición de leoneses del año le dejaron en la cuneta, aún sabiendo que eran sus postrimerías, ya que no su grandeza humana y literaria, las que obligaban. Pues que redunden y se jodan en este vicio cazurro que define a León como «sociedad de homenajes mutuos», pues a la paz de Carnicer y a los silencios con que le entierren, le seguirá un rastro de treinta libros en los que revivirá su gloria resucitándole en cada lectura; y seguirá vivo don Ramón porque su letra es viva de suelo al ras: «la cultura no sólo está en los libros y en la cabeza de los que los han leído, gente a veces aburrida y muy a menudo dogmática». Dato revelador: en 1962 decidió, sin solemnidad pero con radical coherencia, no presentarse jamás a premios literarios ni mandangas editoriales. Y diez años después acordó dedicarse enteramente a su escribir, a su pensar, su leer, su ver, su vivir, su caminar y su aprender... siempre aprendiendo... y dictando paz. Jamás le oí malmeter.

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