Diario de León

LITURGIA DOMINICAL

Éste es el hijo de Dios

Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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El pasado junio moría asesinado un sacerdote en Irak, uno de los miles de muertos. Un amigo suyo le dirigía, a título póstumo, esta carta: «En nombre de Dios, clemente y misericordioso, Ragheed, hermano mío, te pido perdón, hermano, por no haber estado a tu lado cuando los criminales abrieron fuego contra ti y tus hermanos, pero las balas que han traspasado tu cuerpo puro e inocente, me han traspasado también el corazón y el alma. Fuiste una de las primeras personas que conocí a mi llegada a Roma. Tú me habías impresionado por tu inocencia, tu alegría, tu sonrisa tierna y pura que no te abandonaba nunca. Yo no puedo dejar de imaginarte sonriente, feliz. Ragheed para mí es la inocencia hecha persona, una inocencia sabia. Luego volviste a Irak, no sólo para compartir con la gente su destino de sufrimientos, sino también para unir tu sangre a la de miles de iraquíes que mueren cada día. No podré nunca olvidar el día de tu ordenación en la Universidad Urbaniana... Con lágrimas en los ojos, me dijiste: «Hoy he muerto para mí»¿ Una frase muy dura. Inmediatamente no la comprendí bien, o quizá no la tomé en serio como habría debido... Pero hoy, a través de tu martirio, he comprendido esta frase¿ Tú has muerto en tu alma y en tu cuerpo para resucitar en tu bienamado y en tu maestro y para que Cristo resucite en ti, a pesar de los sufrimientos y las tristezas. ¿En nombre de qué dios de la muerte te han matado? ¿Sabían verdaderamente lo que hacían? Oh Dios, nosotros no te pedimos venganza o represalia, sino victoria¿ Victoria de la sangre sobre la espada¿ Tu sangre no habrá sido derramada en vano, querido Ragheed. Te pido perdón, hermano, pero cuando los vivos se encuentran, creen que tienen todo el tiempo para conversar, visitarse y decirse los propios sentimientos y los propios pensamientos¿ Tú me habías invitado a Irak¿ Yo soñaba siempre con ello. No habría nunca pensado que sería tu tumba la que un día visitaría o que habrían sido los versículos de mi Corán los que recitaría para el reposo de tu alma... Un día te acompañé a comprar objetos de recuerdo y regalos para tu familia en vísperas de tu primera visita a Irak tras una larga ausencia. Tú me habías hablado de tu trabajo futuro: «Querría dirigir a la gente sobre la base de la caridad antes que de la justicia», me habías dicho. Entonces me era difícil imaginarte como «juez» canónico¿ Pero hoy tu sangre y tu martirio han dicho su palabra, veredicto de fidelidad y de paciencia. Hermano, tu sangre no ha sido derramada en vano... Tú has asumido tu papel con profunda seriedad, hasta el final, con una sonrisa que nada podrá apagar¿ nunca. Tu hermano que te quiere: Adnan Mokrani».

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